El Quijote y el psicólogo

El Quijote y el psicólogo

Definitivamente la Psicología no es para paños. Sin embargo, a veces, leer el Quijote, el clásico de la locura, lleva a creer que ver lo que no hay y creerse lo que no se es, puede ser más curativo que raspar la herida en el diván. El hombre, hábilmente asistido por su terapeuta, acude todas las semanas a aquel consultorio con un interés: hablar de una vieja mala relación con su padre. Abre, raspa, agrieta, revive y puebla de sangre donde había olvido. Cada día, reavivado en las memorias y redescubrimientos, busca a su progenitor para abrumarlo con culpas. Se agreden y el conflicto se reanima cuando vuelve a raspar esas cicatrices que cerradas no hablaban más.

El Quijote se hace a la “locura”, pero no está loco, no utiliza a Sancho como los oídos que recibirán sus quejas. Su escudero es quien da cuerda a sus “desvaríos”, es su cómplice, el que valida sus aventuras; pero el “caballero de la triste figura” es, pese a todo, un héroe feliz y lo será mientras evada la realidad con ese nuevo mundo que su mente creó, uno donde libera esclavos, desafía a monstruos que él ve y se enamora de una mujer cuyos atributos, desde luego, solo él percibe. ¡Qué psicólogo original ese Sancho! Quién no quiere uno así, que nos preserve del mundo y nos siga la corriente.

Imaginen de plano un diván al revés, uno en el que nos explayemos en mentiras autocomplacientes que solo nosotros y el psicólogo las creemos adrede (él en complicidad con su método de curación) ¿Se imaginan a un profesional de la mente alimentando nuestra locura e hinchando nuestro ego? ¿Se lo imaginan completando las palabras que siguen a nuestras hazañas inventadas o a las virtudes de las que nos jactamos tener…sin tenerlas? Construir una ficción tan real con un cómplice que nos dice lo grande que somos o lo bien que la pasamos mientras festejamos nuestras aventuras y nuestra bendecida belleza hasta creerlo, debe superar al ansiolítico o a una larga y dolorosa terapia para recuperar la autoestima. “Dígame, doctor, lo que yo mande que me diga o sígame el cuento”. Si la palabra crea o refuerza las circunstancias, por qué no darle la contra a la realidad. Algo cambia dentro y cambia nuestro espejo.

El Quijote murió cuando recuperó la razón, por recuperarla, tristísimo en su lecho. Era el cuerdo Alonso Quijano.