El reino de Coco

El reino de Coco

La escena tenía algo de ilustración en libro de cuentos. El espacio, la cantidad y variedad de objetos en ese orden desordenado, el personaje en total concentración trabajando bajo la luz de la lámpara y la mirada de las estampas y figuras religiosas entre las que veo unas de Tineo, el ceramista ayacuchano. Por el movimiento de sus manos intuí, una pequeña pieza le tomaba su atención. Lo observé en silencio.

Cuando di mi saludo de buenos días recién me descubrió parado en la puerta de su local que no tiene más de metro cincuenta de ancho por tres de largo. Dejó los lentes sobre la mesa, respondió el saludo y pregunta, “buscas o necesitas algo”. Respondí, no, sólo curioseo. Se levantó y en dos pasos estuvo frente a mí. Empezamos la conversación.

Desde sus primeras palabras descubro su buena calidad, que se confirmó mientras fuimos dando pista a nuestros recuerdos familiares y oficios. Supe de sus padres, Juan Quispe Pérez, nacido en Pampachiri, distrito de Andahuaylas; y Delia Otaegui Rocha, nacida en Ambo, Huánuco. Él de los míos, Isabel Cavagnaro Giles y Roberto Cores Carbonell, tacneños. Con las mejores palabras nos contamos de nuestra niñez, juventud y lo que hoy nos toca.

Hablamos de nuestros hermanos. Él, tercero de diez, tiene cinco hijos, el mayor de su primer compromiso, el menor tiene 21 años. Con gestos precisos me dejó ver del oficio, hoy prácticamente desaparecido, de su padre. Vaciador de relieves y molduras en yeso y un especialista en enlucido de techos usando proporciones inviolables de yeso, espolvoreado de cemento, agua y esa técnica para mezclar y aplicar con la plancha obteniendo un “ acabado de seda”.

Lo acompañó en sus tareas como lo hizo cuando su mamá entregaba menú familiar en la recién inaugurada Residencial San Felipe en Jesús María. Hablé del mío, oficial de caballería, que nos llevó con mi mamá y hermanos, yo el mayor de los cuatro, a todos los puestos en que fue destacado. Costa, Sierra y Selva. Chocope, Pomata, Borja, Iquitos. Esa primera charla que duró lo que no había imaginado, fue cómoda.

El martes pasado, después de tres meses, recalé nuevamente a darle un saludo. Como otros comerciantes en el mercado en que tiene su territorio ha asumido la responsabilidad de cuidar su salud y la ajena. Han establecido una barrera con una cortina de plástico grueso y transparente que evita el contacto sin perder comunicación. Sobre la suya ha organizado las sartas de collares y cadenas que tienen constantes compradores.

Cuando llegué, como la primera vez, estaba ocupado trabajando en una pequeña pieza. Saludo, me vio, sonríe y acercándose, para mi más grata sorpresa, dice “tienes tu página en Expreso, después que estuviste empecé a comprarlo los lunes. Me gusta ese modo amigable en que escribes”. Retomamos diálogo que nos llevó por las anécdotas de sus viajes a Huancayo, Ayacucho, Cusco; de la reunión de hermanos, hijos, sobrinos, primos y nietos, “alquilamos un local, éramos más de cien”. Con satisfacción dice “todos están logrados, los que tienen mayores posibilidades comparten”. El tema lo lleva a “cuando puedo compartir con quien no tiene, me estoy viendo cuando no tuve”. Un amigo le trae un café caliente, pasa su hermana, viene una compradora que lleva una cadena dorada con dije. “Susana Villarán, la ex alcaldesa de Lima venía a buscar aretes antiguos. Alfredo Alcalde, el conocido pintor, busca curiosidades”. Y las tiene entre las copas, tacitas de café, pequeñas tallas en madera, “nada de tesoros, pequeños detalles”.

Lector de Julio Ramón Ribeyro, no tiene preferencias en música, si le gusta escucha un huayno ayacuchano o una pieza moderna, Coco, es personaje con quien es fácil abrir recorridos en que puedes dejar a la vista tus opiniones, preferencias y encontrar puntos de coincidencia en que no tienen cabida, porque no las tienes, pretensiones y actitudes de marginación.

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