El anuncio del ex presidente Vizcarra de postular al Congreso de la República como número uno en la lista del partido Somos Perú, flanqueando la candidatura presidencial de Daniel Salaverry, podrá ser vista como una acción oportunista para protegerse de la investigación fiscal que tiene en su contra; pero también podría interpretarse como una nueva oportunidad para la tecnocracia regional —a quien el ex mandatario representa— de continuar con su recientemente aprehendida capacidad para administrar el poder.

Si bien la captura del gobierno central se vio interrumpida por la vacancia presidencial, eso no elimina el gusto que sus líderes sintieron con el manejo de presupuestos nunca antes vistos en sus manos, ni ese poder enfrentar a poderes fácticos de igual a igual, poniéndolos contra la pared gracias a una narrativa reivindicativa del funcionario provinciano que, como todo peruano, tiene todo el derecho de ejercer el poder.

Lo interesante del fugaz proceso de cambio de mando entre Merino y Sagasti, es que la tecnocracia limeña vinculada a los grupos de poder económico, que había salido airosa durante más de 25 años, tuvo únicamente 4 días para soñar con su regreso triunfal; pero este intento fallido por interrumpir el control de la tecnocracia regional se convirtió rápidamente en una pesadilla.

Sagasti es —en esta perspectiva— alguien más afín a respetar el nuevo ordenamiento del poder regional impulsado los últimos años en el Perú, y liderado con relativo éxito popular por Vizcarra. Sagasti no es un representante de la conservadora y centralista tecnocracia limeña, sino más bien un académico de viaje data y tecnócrata global que promueve inclusión y diversidad en la disputa del poder. Y por ello sabe sacarle provecho a ese sentimiento del imaginario popular, que reniega de lo viejo, lo antiguo y lo feo del comportamiento de esa generación política que vive sus últimos días, aunque ya no de gloria.

Si Vizcarra sabe mover esos hilos a su favor, probablemente obtenga un buen resultado electoral, aunque dudo mucho que refleje aquel respaldo que tuvo cuando dejó el poder en manos de Merino. Si aprende a ver más allá de lo evidente, y cambia ese instinto político de gobernador regional que intentó sobrevivir en la jungla del gobierno central, donde la defensa de su poder definía su activismo, por una visión global que ponga al ciudadano en el centro de su actuar político, el destino de Vizcarra podría tener un mejor futuro del que hasta hoy se le avizora. Veremos las próximas encuestas.