El artista siempre logra plasmar una dura realidad en una esperanza viva y llena de colores, una esperanza que florece a pesar de la dificultad. En suelo ayacuchano y en todo lugar, “la naturaleza, la vida y todo lo que rodea al artista, y la vida de su alma, son la única fuente de cada arte”. Según Kandinsky. Eso es el arte, una actividad humana esencial que se impone ante la oscuridad. El arte siempre se ha impuesto sobre las dificultades. El arte, ha puesto la otra mejilla ante las cachetadas de todo orden que el hombre ha recibido y esta vez no es la excepción. En plena pandemia, y con una serie de dificultades, el equipo organizador de la IV Feria Internacional del Libro de Ayacucho – FILAY 2020, presenta una creativa propuesta, por su exquisitez en el diseño y por lo pertinente en estos momentos de crisis marca un precedente en la promoción del libro y será un referente para las próximas ferias de libros: el retablo lector. Un retablo móvil, lo más logrado de los recursos preferidos por los ayacuchanos y por qué no, de los peruanos, viajará, cargado de libros, recorriendo las provincias ayacuchanas, llevando y poniendo el libro al alcance de la población.

En otros tiempos, los sacerdotes llevaban los retablos en forma de cajas plegables donde guardaban imágenes de santos católicos para que los pobladores de comunidades de la sierra peruana pudieran identificarlas y así avanzar con el proceso de evangelización. Los artesanos de la época lograron plasmar estos eventos y, con el tiempo trascender, representando en estas expresiones del arte, cada una de las actividades del quehacer diario. Así tenemos, ahora, representadas a las distintas expresiones vivenciales del hombre ayacuchano y del hombre peruano en general. Hoy, está asociado a la identidad del ayacuchano, y, cruzando nuestras fronteras, está asociado al arte peruano.

“En la obra de arte no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario de la reproducción de la esencia general de las cosas”, afirmaba Heidegger. Mis respetos a quienes apuestan por lo complejo, por lo imposible, por lo que los cuerdos no lo imaginamos; mis respetos a Willy Del Pozo, el ingenioso hidalgo ayacuchano y mi salutación a Stalin Alva, mi hermano, por hacer de un vehículo convencional una librería itinerante, un booktrack que durante doce días le dirá al mundo que la literatura nunca dejará de estar en movimiento.