En unas horas más, el conteo oficial de la ONPE confirmaría que Keiko Fujimori acompañaría al radical profesor de primaria, Pedro Castillo, en la segunda vuelta electoral. Una primera vuelta cargada de fastidio, molestia, hartazgo y hasta odio ante una clase política, que no fue capaz de incluir satisfactoriamente a un tercio de los peruanos en esa bonanza y crecimiento económico de los últimos 30 años. ¿Acaso nuestra élite acomodada esperaba que los excluidos digan gracias?
Lo que aburre es que cada cinco años nuestra burguesía de cartón se toque de nervios cuando un líder radical toca la puerta de Palacio, cuestiona sus negociados de siempre, sus privilegios, sus mercados cerrados, sus monopolios y preferencias en cuanta licitación pública o privada existe. ¿Acaso creen que los peruanos somos tontos? Estas situaciones tienen límite. Y este límite, combinado con la ola covid-19 en su peor momento de contagios y muertes, se expresó con total rechazo en el voto del domingo.
Dos fuerzas conservadoras en pugna disputarán la gran final. Una defensora del modelo y otra antisistema. Una versión renovada y democrática de una lucha por el poder que hace 30 años enfrentó a sus dos pensamientos originarios: el pensamiento Montesinos versus el pensamiento Gonzalo.
Castillo ya reveló que no existe mucha distancia respecto de su versión primigenia. Sabe perfectamente que su mejor estrategia es el boca a boca, la negociación clandestina, aquella que sorprende hacia el final de la jornada con un golpe de suerte. No responde a una planificación exhaustiva ni milimétrica, sino al instinto oportunista de quien aprovecha la debilidad del otro. Así sucedió con Lescano y Mendoza, que perdieron rumbo por ponerse al centro y perdieron el voto indeciso de los excluidos del sistema.
Fujimori tiende puentes rápidamente. Su estrategia es más bien institucional y pragmática. Sabe que su rival es experto en guerra de guerrillas, y por ello debe ganar tiempo estableciendo alianzas con los líderes que estuvieron a punto de ganarle. Mientras más adhesiones tenga en el menor tiempo posible, mayor será la reducción del antivoto que su candidatura mantiene. Pero sabe bien que el antivoto de su rival es más complejo de sobrellevar que el suyo.
El reto de Keiko, si pretende ganar la contienda, será mantener la mano dura, por un lado, pero extender la otra para pedir la unidad de todos los peruanos, incluso la del mismo Castillo. Quien proponga una tregua para gobernar, sacrificando alfiles y fichas del tablero de ajedrez, será quien salga triunfante al final del juego.