Después de las andanzas del Rey Emérito de España, don Juan Carlos I, me pregunto por qué tan infeliz el desenlace de su huida. Solo así puede ser calificada su partida con acusaciones tan graves de corrupción denunciadas por su amante Corina Larsen. Juan Carlos, Juanito en familia, fue educado para suceder a Franco. A ese acuerdo llegaron el Caudillo y su padre. No cabe duda que el entendimiento facilitó el retorno de Juan Carlos a su patria. Así conoció a su país, asimiló sus costumbres y fue reconocido por sus futuros súbditos como un auténtico español. Su padre, don Juan de Borbón, acertó en desprenderse de él para que ingrese al ruedo público como un ciudadano español cualquiera, hasta donde pudiera serlo el eventual heredero del poder.

La adolescencia y juventud de Juanito transcurrió en las escuelas militares de España con el objeto de asimilar la condición de un oficial del ejército nacional, e igualmente, que hiciera amistades con sus compañeros de armas que luego le fueron de gran utilidad como rey. Esa educación lo hizo español y posiblemente de ahí derivó su campechanía que lo ayudó cuando heredó la corona a la muerte de Franco en 1975. Es indiscutible que Juan Carlos actuó con disciplinada conducta hacia su mentor, cumpliendo la obligación de casarse con una mujer adecuada para un futuro monarca.

Juan Carlos contrajo matrimonio por simpatía u obligación con su esposa doña Sofía, princesa de Grecia, quien se enamoró de él, pero no fue correspondida en la misma medida. Dicen que desde muy temprano en su vida conyugal comenzaron sus escapadas. Al principio ni se notaron, el aspecto juvenil del rey, su natural bonhomía y la gallardía de su porte militar sirvieron para que se ganara la estima de su pueblo. Pero fue su valiente respuesta al frustrado golpe de un grupo de oficiales descontentos, que consolidó el afecto del pueblo español y la lealtad de todos los grupos políticos, incluyendo al partido comunista.

Juan Carlos fue el gran arquitecto de la consolidación democrática de España bajo una monarquía que garantizaba un régimen con cabida para todos los grupos. Sin embargo las calaveradas se hicieron cada vez más notorias y condujeron a las revelaciones que lo pusieron en la picota como un hombre corrupto. Hoy Juan Carlos está en la boca de todos y ha puesto en peligro la continuidad de la monarquía y quizás la unidad de España. Su frágil figura de monarca exiliado en los Emiratos Árabes es una pálida sombra de lo que fue como juvenil rey. Esperemos que Felipe VI salve a la institución.