Hablar de la familia siempre despierta inquietud. En el plano del secreteo, por ejemplo, cuando llega un primo o una tía que no vemos en tiempo y que sin pudor, mientras se comparte una taza de té o unas galletas con mantequilla, narra con intrigas y giros de tuerca, las últimas noticias de parientes lejanos, malqueridos o insoportables. Los éxitos y desgracias de quienes comparten algún apellido han sido tema de conversación desde siempre, sospecho. Además, los sucesos de cada familia son el secreto máximo pues es el espacio en el que el ser humano manifiesta las mayores de sus corrupciones: ¿acaso hay acto más vil que guardar secretos en el hogar, mentir dentro de esas cuatro paredes, construir la imagen de virtud cuando fuera de la casa es pura polución?

Antonio Salerno, en El ruido del silencio (Multiverso editorial, 2020), elige la estrategia epistolar para develar una serie de terribles secretos de una familia durante ese doloroso cambio, que significó para ciertas familias, la reforma agraria. Pareciera sugerir que la solidez de la familia Pemán —protagonista de la novela— es también la solidez de sus secretos. Apenas uno de estos se tambalea, el otro pareciera quebrarse inexorablemente. Los silencios —modos para evadir la verdad— ya no resisten un minuto más. De este modo, como ya señalamos, a partir de cartas se confiesan adopciones, secuestros, violaciones, incesto, entre otros sórdidos temas que han practicado distintas generaciones de la familia Pemán.

La prostitución es el círculo que rodea a los personajes, algo así como el disparador de casi todas las acciones que, dicho sea de paso, no contienen moraleja alguna. La confesión de las verdades otorga paz al portador del secreto, pero poco sabemos si la obtendrá quien es liberado del engaño. El ruido del silencio es una novela entretenida, hábil y que inquieta por la sordidez de su historia, de los secretos, de lo que una familia como la de los Pemán, tan bien aceptada como la de cualquiera, ya no puede sostener.