El siguiente

El siguiente

Nadie entendía para qué sirve una Constitución. La rompieron y la quemaron. La Guardia del Rey persiguió a los judíos. Johannes IV ahora administraba las cuentas, juzgaba los casos, resolvía los problemas y decidía sobre la vida de sus súbditos, pero a mí no me importaba.

Yo era demasiado común. El monarca apresaba a quienes hablaban de más, pero no me importaba. Yo nunca hablaba de más. Vi que llevaban a rastras a los filósofos, pero yo no era filósofo. Las constituciones la hacen los que tienen miedo y quieren resguardarse, yo soy nadie y no necesito resguardarme. Vi colgados a los cristianos, pero yo soy panteísta. Fusilaron a los anarquistas, pero creo en el orden. Determiné no creer en nada. El frío no existe, no existe el caliente. No me comprometo, me resguardo. Una hilera de guardias llevaba las cabezas de los ateos, pero no soy ateo. Una ráfaga de luz atravesó mi ventana, teas que eran cabezas ardientes, los liberales, pero yo no era liberal.

Examiné mis creencias y sumé cinco categorías por las que podría ser juzgado. A falta de Constitución y guardianes de mis derechos, quizás el hijo del rey me miraría con misericordia. Lo conocí en una feria, pero hoy su cuerpo yacía con los de veinte senadores y cuarenta diputados. El rey se aseguró que nada hiciera peligrar su posición. Descubrí que en la suma de defectos que me podían condenar había uno que me podía salvar, ser seguidor acrítico de Johannes IV. Condenaron a los luteranos, encerraron a los banqueros, yo no era luterano ni banquero. Nadie pone los ojos en un artesano. El rey juzgó que las leyes eran de su propiedad y que nadie podría rebatirlas. Abolió el tribunal de los diez contralores. Había leído El Mandarín, de Eça de Queiroz y se ahorró los trámites, podía apretar un botón y destruir a cualquier súbdito a miles de kilómetros. Celebramos el Día de la Muerte de la Constitución y rezamos con las proclamas de los generales. Yo estaba a salvo, no era judío, mormón, católico, banquero, conservador, comunista o ateo; decía lo que Johannes decía.

Una tarde me arrastraron por la tierra, me encerraron, me apretaron; “ser panteísta es una injuria a la razón”, pero ya no había nadie que saltará por mí: “El cuerpo tibio, muy tibio, de Juan Don Nadie, artesano y panteísta, fue partido en medio de la algarabía general”.