Nada más usual que cada fin de año las personas procedan a desearse buena ventura y prosperidad para el siguiente. Es un acto que no solo nace de la voluntad positiva hacia el prójimo, sino también de la certeza implícita que se deja atrás un ciclo anual complicado, muchas veces triste por razones diversas o lleno de vicisitudes. Y en el caso que haya sido bueno, se esperan 365 días mejores.

No tengo duda que la humanidad entera querrá despedir el 2020 a gritos y abrazará el inicio de la tercera década del siglo XXI con ilusión mayúscula y una pretensión aguerrida de superar rápidamente la pesadilla que la covid-19 nos infligió en la salud, la economía, lo social y familiar. Habrá de manifestarse “esa angustia del eterno anhelo”, bella frase con la cual E.T.A. Hoffman describió sus emociones al escuchar la quinta sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Sin embargo, no me matriculo en esa legión de entusiastas, por lo menos en lo que al Perú respecta. Me gana la extrema racionalidad sobre las consecuencias de esta era disruptiva que no anticipa escenarios óptimos en el corto plazo. En el ámbito político, el caos y la anarquía son más pronosticables que el orden democrático o la unidad basada en la sensatez y el bien común.

Estamos encaminados hacia las elecciones generales del próximo 11 de abril en medio de la apatía y la prioridad de ocuparnos de cosas inmediatas para nuestro propio destino. Lo demuestra el porcentaje mayoritario de ciudadanos que le dan la espalda a los candidatos voceados para la presidencia de la República, quienes suman 21 a la fecha. Y como en los comicios congresales del 26 de enero, resulta predecible una campaña desabrida, violenta, pletórica de mensajes y agendas difusas, un considerable número de aspirantes tachados, rostros nuevos sin ventanas donde exhibirse adecuadamente, la lucha fratricida al interior de las agrupaciones postulantes en la carrera por el voto preferencial y un largo etcétera.

No ayuda tampoco el gobierno transitorio de Francisco Sagasti cuyo nivel de improvisación y patética falta de autoridad aumenta el peso de la incertidumbre de estas horas, lo mismo que un Congreso dominado por las agendas más deleznables.

Por supuesto, luego de conocerse los resultados electorales habrá una simulación de convergencia, capacidad de diálogo y entendimiento, que se prolongará hasta la instalación del nuevo gobierno. ¿Cuánto durará esa idílica imagen? Las severas perforaciones de nuestro sistema político y el empoderamiento de los poderes fácticos, nos devolverá a la realidad del encono y el fratricidio.

Ojalá me equivoque y celebraré que así sea. Pero hoy le temo y mucho al 2021.