A los tres ejes sobre los cuales se sostiene el último discurso del presidente Vizcarra en el Congreso de la República (pandemia, reactivación económica y proceso electoral), según lo anunció días atrás el premier Cateriano, como un adelanto al voto de investidura que solicitará el nuevo gabinete este 3 de agosto, es necesario añadir un punto que no pueden faltar en el balance de este 28 de julio.

Uno de ellos, que es transversal a los ya mencionados, es el necesario e imprescindible proceso de formalización de la economía. Si antes de la cuarentena teníamos un 75% de economía informal, el impacto sufrido en todos los segmentos empresariales debe haber llevado esta cifra fácilmente a bordear el 85% o 90%. No existe un estudio concreto que demuestre nuestra hipótesis de trabajo, pero sin duda habrá que hacerlo de inmediato, de manera que podamos diseñar innovadoras políticas públicas que utilicen este nuevo dato de la realidad para actuar, y no solo usen la suposición teórica.

Lo cierto es que este posible incremento del sector informal nos llevaría a una situación más extrema que la anterior, donde “normalidad” es ser informal. En realidad, lo era antes de la cuarentena también. Pero tal vez sea momento de repensar la estrategia, si es que alguna vez la hubo. Mejor dicho, es momento de diseñar una estrategia que incorpore al mercado formal a este conjunto de empresarios emergentes que no abandonan la informalidad por una espantosa tramitología que rechaza su inclusión de facto, y termina por hacerlos huir antes que seducirlos por incentivos.

Las normas y trámites están tan desconectados de la realidad, que nadie cumple las reglas de juego a pesar de la amenaza de sanciones, porque nuestro Estado ni siquiera es capaz de hacerlas efectivas. El gran problema es que cuando la informalidad se sale con la suya, excluida de la economía de mercado, termina consolidando universos paralelos que comienzan a seguir sus propias reglas de juego. Como tienen una base social más amplia que la del mundo formal, con el tiempo terminan generando sus propios poderes políticos y económicos, que alternan con los actores oficiales en algunos casos, y en otros se convierten en poderes fácticos ilegales que terminan dañando lo poco de tejido social que hoy tenemos los peruanos.

Pero existe otra figura más aterradora. Que ese descontento siga creciendo en algunas regiones del país, donde la autoridad formal del Estado es aún más débil que la que demuestra en las principales ciudades. Entonces el malestar se convierte en queja, y la queja se convierte en conflicto, y el conflicto se transforma en violencia. Entonces el chantaje y los intereses subalternos terminan ganándonos la batalla. ¿Queremos eso para el Perú? ¡Feliz 28!