Recién amanece y usted no soporta más el dolor, va a la farmacia y exige un remedio que reduzca su malestar y, de ser posible, cure la enfermedad que lo ocasiona; el dependiente le entrega la publicidad de varios productos comerciales elaborados por laboratorios de diversa calidad y origen, hechos a base de tres genéricos: Acetaminofeno, Ibuprofeno y Naproxeno; usted es libre de elegir cualquiera, según las ofertas y el colorido de los folletos, si desea mayor información, puede leer y comparar la posología de cada producto. Así funciona nuestra actual democracia.
Resulta obvio que, entre la farmacia donde usted puede adquirir un producto y su necesidad de alivio, falta un elemento indispensable: el médico. Él ha estudiado una larga y exigente carrera universitaria para poder conectar el dolor que usted siente con el medicamento adecuado; toda otra solución acarrea riesgos impredecibles. En términos democráticos, el político es el profesional que desarrolla una carrera meritocrática, formándose en teorías y en gestión pública, al tiempo que compite con otros aspirantes en el afán de escalar posiciones y ubicarse dentro de los espacios donde se toman decisiones.
El alivio y la solución a los problemas que sufren los ciudadanos tienen, aparentemente, diferentes enfoques y fórmulas de corrección; ininteligibles para la inmensa mayoría de electores, expertos en otras disciplinas y ocupaciones. Por ello, es necesario el intermediario capaz de analizar las complejas circunstancias y proponer recetas en lenguaje comprensible. Esas soluciones no pueden ser propuestas aisladas e incoherentes, unas de otras; deben formar parte de una doctrina que, de forma sistemática conciba al pasado, al presente y al futuro de una sociedad; por eso, los políticos se integran en torno a su adhesión a determinado conjunto de ideas y programas cuya marca garantiza, en mayor o menor medida, la calidad de su actuación en el juego democrático y en el manejo de los escasos recursos.
Con mucha paciencia y esmero, los enemigos de la democracia peruana han ido desmontando todos los elementos y las reglas que beneficiaban la consolidación del ejercicio sano de la política, por lo que urge comprender la necesidad de revertir el daño. En lo inmediato, establecer normas para desincentivar el transfugismo de los congresistas recién electos, y al mismo tiempo, obligar a que los grupos parlamentarios actúen con disciplina y organización, disminuyendo los riesgos del individualismo demagógico y del aventurerismo legislativo.
Corresponde a la nueva mayoría parlamentaria librar la gran batalla por la democracia, restituyendo la lógica y el sentido común en el sistema.

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