Desde hace 10 años se vive en el Perú el gobierno, sin contrapeso, de un poder conjugado que involucra a la “constructocracia”, es decir a las megafirmas Lava Jato, a cierto sector empresarial minoritario, que se comporta más bien como una lumpen-burguesía mercantilista abusiva de su posición de dominio oligopólica, a cierto sector de la prensa ávida por publicidad estatal y a una red de oenegés de tendencia marxista que cuasi monopolizan la cooperación internacional y las consultorías que el Estado contrata. Estos sectores proyectan su influencia en la academia, en los agentes económicos, en la opinión mediática y, peor aún, en el sistema de justicia. Ellos son el poder real en el Perú y rechazan furibunda e instintivamente cualquier voluntad colectiva organizada. Para esta camarilla la existencia de algún partido popular es un estorbo en sus planes de consolidar sus privilegios.

Estuvieron detrás de Humala, han estado con PPK, con Vizcarra y aún hoy con Sagasti. Una prueba palpable de la continuidad de este esquema es que en el Gobierno de Kuckzynski actuaron casi una veintena de ex viceministros del humalismo (amén de los premieratos de Cateriano y los ministerios de Saavedra); el rumbo económico no se corrigió y la velocidad de crecimiento y de reducción de la pobreza cayeron al piso. Completa el cóctel la corrupción realmente existente alrededor de los brasileños en estas administraciones, con el punto cúspide del lesivo acuerdo de colaboración eficaz con Odebrecht.

Pienso que hoy este establishment busca con ahínco continuar 5 años más a través del Partido Morado o con Humala, o con Mendoza o con algún otro candidato que sepa entenderse y defender los intereses de estos grupos.

A estas alturas la viabilidad política de la candidatura presidencial de Julio Guzmán, líder del Partido Morado que gobierna actualmente, es bastante discutible. No solo por sus nulas condiciones de liderazgo sino además por la desastrosa administración que está llevando adelante su grupo. Esto sumado con el hecho de que los demás aspirantes afines a la estrategia del poder conjugado no levantan, da como resultado una desesperada estrategia para mantener el poder a cualquier costo.

Es por eso que Vizcarra pide airadamente la suspensión de los comicios por algunas semanas y es por eso que el máximo órgano electoral nacional viene fallando de forma que desnaturaliza el proceso. Vivimos unos comicios enrarecidos. Estamos frente al virus de la continuidad del poder conjugado, del establishment. Los demócratas debemos reaccionar con criterios mínimos de unidad o será un lustro más de mediocridad y corrupción.