Preocupa que el rotundo respaldo obtenido por el gabinete Martos en el Congreso de la República, tras conseguir el ansiado voto de confianza, no se traduzca en un plan de acción inmediato con ideas nuevas.

No comprendemos por qué, el aire renovador que necesitaba el gobierno del Presidente Vizcarra se agota en repetir la misma fórmula de ayer, la que lamentablemente nos convirtió en el segundo país del planeta con más muertos por cada 100 mil habitantes. ¿Fracaso? ¿Profecía autocumplida? ¿Ineficiencia? ¿Todas las anteriores?

Un grave error del gobierno fue no aceptar –desde un inicio– que esta guerra contra la pandemia íbamos a perderla de todos modos. El reto era no convertirla en una catástrofe. Sabíamos que la debilidad y la fragmentación de nuestro sistema de salud no daba para más. Pero decidimos contarnos simulacros. El gobierno se propuso hacernos creer que lo podíamos todo, que bastaba con el grito de la hinchada y la firma de decretos de urgencia a los que nadie hizo caso.

Lo que resulta más incoherente es ¿por qué, a pesar de que fuimos uno de los primeros países en aislarnos y ordenar inmovilización total, hoy los resultados son tan adversos? La respuesta se cae de madura. Por autoengañarnos y no decirnos la verdad de frente, sin anestesia, sin diminutivos, sin abreviaturas, ni frases a medias.

Si lo vemos en perspectiva de comunicación política, el gobierno se la jugó por un modo “campaña electoral”. Por eso priorizó la conferencia de prensa. Por eso dio protagonismo extremo al Presidente y a sus ministros. Y los arrastró consigo hasta el siguiente cambio de gabinete, y al siguiente.

Por eso el informe de gestión se convirtió en una suerte de reporte que daba cuenta de cómo el virus iba por delante nuestro y, como si fuéramos notarios de la política, lo único que fuimos capaces de hacer fue registrar el número de muertos y de contagiados. Pero ni siquiera eso lo hicimos bien.

Si el gobierno no cambia el chip ni produce ideas nuevas, si no cambia la comunicación política a modo “gestión pública”, si no comprende que gobernar es mucho más que confrontar, que no estamos en una competencia de quién hace peor las cosas, que lo que requerimos es llegar a acuerdos que vayan mucho más lejos que cambiarle el nombre al Acuerdo Nacional, que si seguimos por esta vía seguiremos camino a un despeñadero; solo nos quedará rezar. Entonces sabremos, con seguridad, que el Vizcarrismo no tiene quien le escriba.