Digámoslo sin tapujo. La pusilanimidad del centroderecha peruano es responsable de la crisis de la clase política nacional. Pero evoquemos. Este sector ideológico aportó al Perú a sendos, muy destacados políticos; auténticos constructores de la República a quienes el amilanamiento de sus herederos ha acabado abjurando de la manera más lamentable. El progreso y la estabilidad socioeconómica que impulsara el trabajo de aquellos estadistas de centroderecha durante las primeras décadas de formación de esta República –con deplorables y reiteradas interrupciones autocráticas, mayormente militaristas, aunque al final del día superadas por la convicción de sus argumentos y la intrepidez de los políticos con mayúscula que defendían sus creencias ideológicas, sin dudas ni murmuraciones- consolidaron una gran prosperidad. Ello, a su vez, devino en facilismo y comodidad para sus herederos. Ventajas sociales que relajarían el talante de estos últimos induciéndolos a ocuparse de sus intereses olvidando que lo heredado se lo debían únicamente a aquellos que, basados en principios democráticos, lucharon por cimentar una nación fundada sobre el Estado de derecho. Aunque, como sucede con todo lo que administra el hombre, aquellos fundamentos democráticos no fueron del todo ideales, como pensaron quienes los moldearan y luego pusieran en práctica. Y es precisamente por esa razón que las descendencias de los políticos que forjaron la República jamás debieron endosarle a terceros su responsabilidad como centinelas de aquella tarea vital de sus antecesores, sino defenderla perfeccionándola conforme avanzaba el desarrollo mundial, y por tanto el progreso nacional. Al final del día el traspaso de responsabilidades a terceros –a la llamada clase política- debió realizarse bajo estrictas condiciones. Tanto estableciendo las bases ideológicas, intelectuales, éticas y programáticas bajo las cuales endosarían tales facultades como exigiendo, bajo condición imperativa, que todos participen en una colegiatura política supervisada por profesionales forjados en los principios ideológicos del centroderecha. Nada de ello ocurrió. El resultado es este zoológico de personajes que se hacen llamar políticos que, en gran porcentaje, ni siquiera saben leer y escribir. Menos expresarse. Y desde luego sobre formación profesional, bases doctrinarias y principios morales no tienen la más mínima idea de qué se trata. Lo único que muestran es una gran avidez por el poder -y por el dinero-, un chispazo de empatía y un fenomenal jarabe de lengua. Vale decir son unos reverendos neófitos en el arte de hacer Política.
El alejamiento de esta tarea por los herederos de nuestras figuras republicanas claves empezó con la revolución militar socialista de Velasco; se agravó tras el desastroso primer gobierno aprista; y lo consolidó el terrorismo, al amenazar de muerte a quienes la practicaban. Aunque el Perú derrotó al terrorismo, los rojos –porque sendero y mrta fueron el brazo armado que buscaba la izquierda para llegar al poder- se encargarían de reescribir la historia, transformándolos en políticamente triunfadores y al Estado en el asesino perdedor, diluyéndose así finalmente todo atisbo de interés en ese apocado centro derechismo nacional por gobernar este país. La rendición del centroderechismo reeditará en las elecciones 2012 el semblante político del Congreso actual.