La indecisión del electorado sigue siendo muy alta, estando a escasos días de que se realicen una de las más complicadas elecciones que haya tenido el Perú. Síntoma de que el Populorum presiente que ningún aspirante a palacio reúne las suficientes condiciones para presidir el país. Y con ello hacerse de la vida, salud y hacienda de 32 millones de peruanos. La quinta parte del electorado determinará su voto a pie de urna. El domingo será crucial para el futuro de la patria, amable lector. Una fecha que puede enrumbar al Perú por la senda de la cordura y el progreso, o dejarlo en esa ciénaga en que lo han colocado la partida de miserables, corruptos y falsarios integrada por Humala, Kuczynski, Vizcarra y Sagasti. Gente que privilegió su interés personal -sobre todo crematísticamente- engañando a la ciudadanía tras embarrarse en ese lodo de una podredumbre como nunca se había visto.

El país ya no da más. Es de pánico la eclosión de analfabetos, políticamente hablando, que se ha desatado entre esta ralea que insiste en que se le llame “clase política”. Bastaría comparar a determinadas caricaturas que, en forma descarada, se presentan como candidatos a la presidencia de la República con aquellas figuras que postulaban a la jefatura del Estado hace tan sólo pocas décadas. Aquello radiografía el grado de descomposición que ha sufrido el Perú. Ahí estriba, precisamente, la crisis fenomenal que agobia a una nación que, hace apenas veinte años, demostró ser capaz de superar un colapso socioeconómico de proporciones gigantescas.

Recordemos a la quiebra financiera nacional, sumada al terrorismo sanguinario, que soportó este país, víctima de ese brutal populismo tan arropado por las izquierdas. Desde entonces, salvo las excepciones del régimen Toledo –expresidente imputado por corrupto- y la segunda gestión de Alan García -que consiguió impulsar tal desarrollo nacional basándolo en consolidar el crecimiento sano de la economía, la que alcanzó a promover una descomunal reducción de la pobreza impulsando en simultáneo la inversión privada y generando paz social- salvo ambas excepciones, repetimos, los otros gobernantes han sido un auténtico baldón negro para nuestra patria.

Una partida de improvisados, codiciosos, corrompidos, caraduras como Humala, Kuczynski. Y además de ello miserables, como ese tal Martín Vizcarra y su transitorio sucedáneo Sagasti. Un dúo culpable de crímenes de lesa humanidad por su voluntaria, decidida inacción para atender la pandemia del Covid-19.

A ello se debe esa abrumadora cantidad de ciudadanos que se mantienen indecisos de cara a las inminentes, peligrosas (¿amañadas?) elecciones del 11/4. Postularán dos o tres personas que, sin reunir condiciones para ser considerados probados políticos -menos aún estadistas- pudieran cumplir un magnífico papel si ejecutan sus promesas electorales. Y esa otra decena y media de mamarrachentos, mequetrefes, incapaces, menesterosos que no exhiben un Dios te guarde como trayectoria de vida, aunque prometen convertir a este atribulado país en la primera potencia del mundo, cuando a lo único que aspiran es a consolidar un poder absoluto para seguir robando a sus anchas, metiendo mano a su bolsillo, amable lector.