La izquierda ha izado la bandera de referéndum para iniciar el proceso de cambio de la Constitución, vía asamblea constituyente. Pero nuestra Carta no exige de asamblea para ser modificada. Ella misma designa al Legislativo para que, según los cánones decididos por sus autores, cambie los artículos que sean necesarios para adecuarla a los requisitos de una nación tan desconcertante como esta. Aunque la esencia misma de su materia vertebral –el Capítulo Económico, que ha dinamizado el desarrollo con estabilidad Fiscal y, fundamentalmente, distribución de excedentes entre la población- en el peor de los casos requeriría ajustes cosméticos, mas no dramáticos. Sea como fuere la zurda tiene expedito el camino para compulsar las preferencias de la sociedad proponiendo la citada reforma como parte de sus planes de gobierno para la campaña electoral de los comicios 2021. Pero lo que no soportaría el Perú es que los rojos intenten imponer esa agenda reformista en medio de la actual coyuntura de crispación social. Pretenderlo colocaría en altísimo riesgo la estabilidad democrática, sumada al agravamiento de la crisis sanitaria/social/económica resultado, entre otros disparates, de la infame gestión del imputado, improvisado y falsario Vizcarra.

Hace bien el presidente Sagasti en zanjar que existen prioridades inmediatas del país, antes de concentrar la atención nacional en una reforma constitucional. La forma más democrática de consultar si el pueblo realmente busca una asamblea constituyente es usar la ventana electoral del 2021, para que el candidato que represente al grupo que busque esta reforma trate de convencer a su elector de la necesidad de derivar al país hacia algo tan aventurado como la mutación de una Carta Magna que ha dinamizado, como nunca antes, nuestro Estado. Hacerlo en los momentos de conmoción que hoy vive la República no permitiría que los ciudadanos opinen –menos razonen- en función a la lógica y al discernimiento que demandan semejante metamorfosis de nuestra Ley de Leyes.

El caballito de batalla llamado reforma constitucional es parte de la avanzada cubano-venezolana que impulsa el Foro Sao Paulo. La financian multimillonarios como Soros, para organizar el mundo bajo una sola orbita, facilitándole a los mega grupos de poder trasnacional gobernar el planeta con puño de hierro. ¡La versión contemporánea del Gran Hermano de Orwell! La idea surgió cuando Castro sugiere a Chávez cambiar de Constitución para eternizar su poder utilizando facultades omnímodas que evitarían su derrocamiento e imposibilitarían que se reinstaure a futuro algún régimen democrático. Tanto así que la tiranía chavista cuenta con el espaldarazo implícito del mundo entero (ONU, OEA, Europa, Asia, América, etc., con excepción del régimen Trump, que está por concluir). Por eso, esta propuesta ha cobrado tanta cobertura y trascendencia. El dinero que hay detrás moviliza masas inimaginables. Como las que estamos viendo en nuestro país. Igual ocurre en Chile y otras naciones.

El Perú no soporta más turbulencias. Los grupos políticos partidarios de una asamblea constituyente deben proponérsela a sus electores. Si estos aceptan -votando por ellos- llamarán a la asamblea. Pero una vez instalados en el poder mediante el voto popular.