Los peruanos hemos perdido todo sentido de la realidad. Cada lustro atentamos contra nuestra democracia eligiendo a incapaces para gobernarnos. Vale decir, escogemos el camino directo para liquidar “el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes”, como sabiamente lo describiera Churchill. Nos dejamos manipular por una pléyade de advenedizos que -salvo honrosas y muy pocas excepciones- conforman el cartel de candidatos a la jefatura del Estado. Gente que se atreve a exigirle el voto al ciudadano para que le facilite dirigir la vida y hacienda de 32 millones de personas. ¿Estamos todos alucinados? ¿Cómo es posible que permitamos semejante atentado contra nuestra propia existencia; contra nuestro largo y denodado esfuerzo por construir país; contra la imagen de nuestra nación; sin percatarnos de que con semejante tontería nosotros mismos seguimos cavándole la tumba al Perú? Una colosal falta de sindéresis. Sobre todo, de los que pertenecen al privilegiado estrato de “los más preparados”, que de manera esquizofrénica se allanan a votar por sujetos descalificados para gobernar siquiera una aldea. Y lo hacen conscientes de que con su voto empoderan a mamarrachos, a sinvergüenzas, a corruptos para manejar el futuro del Perú. Nada de eso les importa. Lo único que les interesa es mantener en palacio a alguien a quien manipular, para resguardar sus intereses. El espíritu de quienes se desesperan por imponerle al Perú a mediocres como Forsyth o Guzmán, por citar a dos falsos valores improvisados para conducir una sociedad incómoda como la nuestra, es realmente suicida. En vez de votar en blanco -como harían si tuviesen que elegir a un director externo que no reúna las condiciones óptimas para sus negocios- lo hacen por el más maleable a sus favores. No por aquel que pudiese hacerlo mejor para el país. Esta es la tragedia que, lamentable, ostensiblemente viene sucediéndole al Perú.

Como ocurre en los países donde la gente piensa, el votante exige a quienes postulen a presidir la nación que demuestren atributos idóneos para administrar los intereses, la salud y el patrimonio común. Repasemos algunos ejemplos de requerimientos que los peruanos deberíamos demandar a quienes se atrevan a postular como candidatos a jefaturar nuestro Estado. En primer lugar, patriotismo (no patrioterismo). A partir de ahí, transparencia, honradez, prudencia, talento, madurez, seriedad, vocación de servicio, inteligencia, determinación, buen criterio, responsabilidad, formación cultural e histórica, ética, integridad, valores morales, firmeza, dignidad, capacidad, honestidad, experiencia, buena trayectoria, energía, tolerancia, visión alcance, justicia, ecuanimidad, humildad, liderazgo, cordialidad, simpatía, prestigio, empatía, pluralismo, generosidad. En conclusión, a los postulantes a palacio que no muestren estos atributos la gente pensante debe decirles NO. Estamos hartos de contemplar a tanto incapaz -y encima presumido- aspirando a administrar aquello que le pertenece a 32 millones de compatriotas y que, gracias a esa tradicional estupidez de la sociedad peruana, se les permite a los elegidos gestionarlo como patrimonio suyo. ¡Esto debe terminar!

Requisitos semejantes deberían requerirse a quienes postulen al Legislativo. Mientras sigamos sin hacerlo, nuestro destino será cada vez más negro.