Por: Francisco Bobadilla Rodríguez

Los bomberos de “Fahrenheit 451”, novela de Ray Bradbury (1920-2012), quemaban libros de papel. La sociedad descrita en esta célebre distopía es tecnológicamente avanzada: casas con paredes convertidas en inmensos televisores, “familias” fabricadas con realidad virtual a gusto del usuario, información abundante y al instante. Una versión visionaria de nuestras plataformas e-learning para la enseñanza y el aprendizaje domesticador. Es una sociedad que vive entre el entretenimiento y el vértigo, pero no puede evitar la violencia, el aburrimiento y el suicidio.

Beatty, jefe de los bomberos, dirigiéndose a Guy Montag –el héroe de la novela- le dice: “Debes comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o se rebelen (…) ´Quiero ser feliz´, dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No los mantenemos en una perpetua acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita e abundancia. (…). Nos enfrentamos a la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios”.

Montag logra robar algunos libros. Toma a la Biblia consigo y se dirige a la casa de Faber, un viejo profesor de lingüística: “Faber olisqueó el libro. – ¿Sabía –le dice a Montag- que los libros huelen a nuez moscada o a alguna especie procedente de una tierra lejana? De niño me encantaba olerlos. ¡Dios mío! En aquella época había libros fascinantes, antes de que los dejáramos desaparecer (…) Los libros solo eran un receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar (…). Los buenos escritores se adentran a menudo en la vida. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos la violan y dejan que se pudra. ¿Se da cuenta ahora de por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona solo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas”.

He crecido entre libros. Los tengo en papel y en formato digital. Estos últimos no son sustitutos del libro de papel, son un “además”. Me horroriza pensar en una biblioteca sólo digital, completamente plana y fría; artificialmente completa. Hay escritores que viven y mueren para citar y ser citados en libros o revistas indexadas. Esos libros no eran los que quemaban los bomberos de “Fahrenheit 451”. Quemaban la Biblia, a Sófocles, Esquilo, Milton, Shakespeare, doctor Johnson, Valéry, Platón, Swift, Gandhi, Confucio, Jefferson, Byron… Libros esenciales que nos ayudan a comprender arduamente nuestra condición humana.

No hace falta ser un bibliófilo para amar a los libros de papel. Los bomberos de “Fahrenheit” los quemaban porque tenían ideas peligrosas. Ahora, los quieren desaparecer de las bibliotecas porque ocupan espacio y dizque los nativos digitales sólo saben leer e-books. ¿Habrá que llamar a Don Quijote para que salve del fuego a los libros de papel?