Hace una semana acudimos a las urnas a cumplir con nuestro deber cívico y derecho ciudadano: elegir a quienes nos van a representar en el próximo quinquenio; conocido el resultado de la elección presidencial, tenemos la sensación de que la polarización ha empeorado en nuestro país, somos conscientes que la división entre la izquierda y la derecha no es buena en nuestra sociedad. Observamos que ambas posiciones ideológicas se han distanciado cada vez más, aislándose en silos ideológicos, interactuando solo con personas afines a sus ideas, adjetivando a quienes no piensan como ellos. Llama la atención la aversión creciente entre ambos lados, no se toleran los unos a los otros, no quieren tener acercamiento entre ellos, si lo hacen son encuentros poco cordiales o atractivos, hasta les enseñan a sus hijos a rechazar a la otra parte, algo realmente impactante.
Vivimos tiempos difíciles donde todos somos parte del problema y todos podemos ser parte de la solución; debemos pensar en la forma de eliminar esta polarización en nuestra vida social, buscando conexión y comunicación entre ambas partes. Existen valores que compartimos, pero que cada extremo valora de diversa manera: igualdad, justicia, lealtad, patriotismo, respeto a la autoridad, honestidad, respeto a la propiedad; basta con revisar el ideario de cada partido político para tener una idea de cómo ponderan sus valores y cuán dispuestos están a cambiar su punto de vista o sus valores arraigados. Podríamos comenzar por temas convergentes, por ejemplo, el cuidado del medio ambiente, algo que nos debe preocupar a todos, independientemente del sesgo político o ideológico; la salud pública, también es algo que debe preocuparnos a todos, sin distinción, buscando el objetivo común: salvar vidas y mejorar la salud de todas las personas. Junto con la pandemia, somos víctimas de otros grandes males como la corrupción y la inseguridad ciudadana, para hacerles frente debemos estar unidos y cooperar, practicando la solidaridad, superando el abismo que divide a ambos extremos, actuando con responsabilidad, el primer paso es nuestro, en el plano individual.
La reconstrucción de nuestro país depende de nosotros y tenemos la obligación de hacerlo, al margen del poder político, del poder mediático, de las redes sociales, de los escaños del Congreso, de los potenciales presidentes de la república y de todo lo que nos divida; basta ya de odio y desprecio, sentimientos que nos deslucen y pervierten, corroyendo el tejido mismo de nuestra sociedad; todas las religiones del mundo, por ejemplo, nos exhortan a respetar a nuestro prójimo, a tenderle la mano, a intentar conectarnos, eso mismo debemos hacer con nuestro país; no podemos permitirnos el lujo de odiar a quien no piensa o actúa como uno quiere, tampoco podemos permitir que nos odien por ello. Quizá todo quede resumido en dos palabras con profundo significado: empatía y respeto; identifiquémonos con los demás, compartamos sus sentimientos, brindemos respeto y atención a las ideas de otros, así como ellos deben respetar y atender las nuestras; esto es lo mínimo que nos debemos como compatriotas o conciudadanos. Pensemos en nuestro país y actuemos por él.

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