Un antiguo bolero sentenciaba que en el juego de la vida jugamos todos, pero para los pobres solo había cuatro puertas: el hospital, la cárcel, la iglesia y el cementerio.

Ahora no vamos a referirnos al análisis existencial en el curso de nuestras vidas, sino al juego político irresponsable que nos ha puesto a ricos, medianos y pobres en el umbral de la muerte, por manejar tan mal la crisis de la covid-19, de modo que estamos a la puerta del hospital, perseverando en las iglesias y camino, casi seguro, al cementerio.

En el curso de la primera gran ola de la covid no teníamos suficiente capacidad hospitalaria, existía una ridícula cantidad de camas para cuidados intensivos, no había oxígeno, la procesión de afectados daba vueltas en largas colas alrededor de hospitales saturados, cada quien, con su balón de oxígeno, cuando podían conseguirlo, o muriéndose sin más remedio en su búsqueda de atención médica.

Murieron miles de peruanos por las pésimas decisiones gubernamentales que terminaban fomentando los peores tumultos multiplicándose geométricamente el número de infectados; cientos de policías ofrendaron sus vidas por mantener el orden, el personal médico también perdió muchas vidas y los miembros de las fuerzas armadas se retiraron prontamente a sus cuarteles porque se les quitó autoridad.

Teníamos un presidente que mentía con espectacular cinismo, su famoso comando Covid no comandaba nada y sus sucesivos ministros de Salud fueron un monumento a la ineptitud y la inacción que podría devenir en delictiva.

La gran solución apareció cuando el entonces presidente Vizcarra anunció la compra de millones de dosis de vacunas anticovid, en medio de una crisis moral de gran magnitud, por la inhumana corrupción de funcionarios que decidieron enriquecerse sobrevalorando compras urgentes e indispensables para combatir la pandemia.

Ahora que se nos viene la segunda gran ola, nos damos de narices contra la pared, porque ni tenemos vacunas, no hay contratos de compra, no se sabe cuándo llegarán ni cuánto tiempo llevará inocularlas; nuevamente nuestra capacidad hospitalaria está siendo desbordada, no hay oxígeno suficiente, ya están ocupadas todas las camas para cuidados intensivos, no hay protocolos de tratamiento en casa, hay una masiva renuncia de personal especializado para manejar cuidados intensivos, no se ha pagado lo que se debería pagar al personal de salud y existe un déficit de miedo en este sector.

El actual presidente no da la cara y su equipo ministerial en salud no da pie con bola.