En nuestra columna de la semana pasada, hicimos un análisis abstracto de la Moral que es objeto de estudio de la Ética en función de valores que en esencia son absolutos, pero que, en la realidad, por influencias culturales, pueden relativizarse a tal punto que un valor puede ser considerado desvalor.

La dualidad bien y mal es inmanente al ser humano y éste define su elección a través de la razón. El problema es que, en el razonamiento, los intereses egoístas, los placeres desatados, las ansias de poder y libertinaje o las confusiones sociales, pueden llevar al individuo o a la sociedad, a desnaturalizar la esencia de los conceptos, valiéndose de la eterna confrontación entre filosofía, religión y metafísica, pero es la política la que termina manipulándolo todo.

En una sociedad confundida ya nadie sabe lo que es bueno o malo cuando el bombardeo mediático va generando una conciencia colectiva a su medida, cuando los líderes políticos imponen comportamientos a cambio de prebendas, cuando los líderes religiosos se comportan de modo perverso o cuando su discurso minimiza el desvalor para justificar su ideología política por encima de su fe religiosa, cuando los filósofos de moda en ciertos momentos de la historia impulsan un libre albedrío sin control social ni autocontrol personal. Es en este momento en que perdido el respeto y la autoridad moral ya no queda nada.

En el artículo de la semana pasada dijimos que la primera lección que hemos recibido en el curso de Ética es que hay una línea que divide valor y desvalor. A partir de esa línea hay proyecciones hacia arriba y hacia abajo. El plano del valor es el superior y va de lo bueno a lo excelso y el plano del desvalor es el inferior que desde lo malo hasta lo pésimo y dejamos constancia que un puede ceder ante otro siempre en el plano del valor sin caer en el fango del desvalor.

Un ejemplo de lo que no debe ser en el ser moral es lo ocurrido en el Congreso al producirse la votación sobre la moción de vacancia presidencial.

Hemos escuchado a muchos congresistas decir pestes del presidente para, al final, votar en contra de la vacancia porque consideraron que había que optar por el mal menor. La pregunta de rigor es: ¿cómo podría un gobernante, a decir de esos congresistas, sin virtudes y enfangado en engaños, garantizar gobernabilidad alguna?