En la mente corrupta

En la mente corrupta

Dice el doctor Elmer Huerta (EC) sobre el cerebro del corrupto: “Debido a que previos estudios habían demostrado que la disminución de la actividad de la amígdala cerebral hacía que las personas se acostumbren progresivamente a estímulos negativos y que un estudio demostró que los estudiantes que tomaban un medicamento inhibidor de la función de la amígdala cerebral eran más propensos a copiar que los que no estaban medicados, los investigadores pensaron que la actividad de la amígdala cerebral tenía mucho que ver con la deshonestidad”.

La desactivación de la amígdala cerebral tiene relación con que una persona se corrompa. Ocurre progresivamente y a través de una sucesión de actos deshonestos. Quien se habitúa a la transgresión, desde hurtar una manzana a robar una joya, escala en el nivel del atrevimiento que, tal vez, lo lleve luego a herir o estafar. El miedo a delinquir disminuye. El mal entra al plano de la normalidad y se pierde el rumbo.

Conforme el miedo al castigo se diluye, la audacia crece. El malhechor cree que no será descubierto. No en vano, quien tiene más oportunidades y tiempo para corromperse, más tiende a tomar una mayor cantidad o a negociar bajo la mesa sobre sumas millonarias. El sencilleo quedó atrás. “Si la corrupción es percibida como normal en un país, hasta la persona sin inclinación a serlo puede iniciarse y aprovechar del mecanismo cerebral descrito para acostumbrarse”, dice el médico. Preocupante teoría. Un hombre honrado ganado por la “normalidad” del clima corrupto puede volverse al mal. Ocurre en sociedades en las que los costos de tramitar son muy altos y el administrado salta las barreras tentando al funcionario. A una excesiva regulación corresponde una excesiva y más constante corrupción.

El ejemplo de liderazgo honesto, como el propuesto por Christoph Stefes (citado por Huerta) no es muy seguro en una sociedad que ya normalizó en las ventanillas el embute o la trampa. Si por algo se debe empezar es por simplificar y reducir costos o digitalizar, por quitarle espacios al cerebro corrupto y por aplicar sanciones drásticas que los pongan en autos que corromperse es siempre lo anormal, nunca lo regular.

Mal hace el funcionario que se justifica. “Lo hice por una causa justa” (es decir “era lo normal”). No contribuye con una sociedad ética sino a regularizar el mal, que es por desgracia un asunto de “adaptación” que, desde el saque debemos evitar.