Si hay una ocasión en la cual debemos arrojar a los fariseos del templo, esa es la Navidad, fiesta de paz y amor que ha sido distorsionada en el tiempo para convertirla en una feria comercial ajena a sus más profundas esencias.

Y esta oportunidad se refuerza debido a la particular coyuntura por la que atraviesa nuestra Patria, atenazada entre la plaga y el hambre, con 8 millones de desempleados y una terrible dosis de incertidumbre sanitaria y económica.

Hoy más que nunca, como lo señalé en mi columna del 22/12/16, ”debemos rescatar el origen central de la Pascua: una fiesta básicamente para los niños que propicia la unidad familiar y también la solidaridad entre los seres humanos y que, por tanto, debe alejarse de la desinteligencia del obsequio en su sentido más hondo al convertirlo en un objeto de competencia y de trato comercial”.

El propósito esencial del regalo es y no puede ser otro: sacar a relucir la sonrisa de los niños , en especial de quienes han resultado menos favorecidos por su condición social y económica: “reencauzar la Navidad hacia sus orígenes no es imposible si generamos una conciencia colectiva que está ahí, viva y coleando en las mentes de muchas personas que perciben la necesidad de retornar a las enseñanzas de San Nicolás y al ejemplo de los Reyes Magos”.

Planteé en la Navidad del 2016 que un buen paso adelante sería que los comerciantes dediquen una parte de sus ingresos navideños a regalos destinados para niños de los sectores menos privilegiados y lo reitero aún dentro de las actuales y difíciles circunstancias.

Difícil decisión dada la crisis económica, pero que puede regularse en función a la capacidad económica de los propios comerciantes en lo que sería un gran acto en favor de los niños del Perú y el inicio de una corriente nacional que, por encima del propósito de lucro que es perfectamente lícito, coloque el amor al prójimo tantas veces predicado y tantas veces incumplido en un momento crítico en el que más que nunca debemos rescatar valores fundamentales.

¿Es mucho pedir? No lo creo porque finalmente una actitud generosa de esta naturaleza redunda en beneficio de los propios donantes, aún de aquellos para quienes la solidaridad y la responsabilidad social constituyen palabras ajenas y sin sentido.

Presidente de Perú Nación-Presidente del Consejo por la Paz (cl)