No vuelvas la mirada hacia atrás. Ya le he dicho, no vuelvas la mirada, pero a veces no hace caso, me ignora, a ti, a mí, a todos. En realidad, casi nunca hace caso, no le importa, dice que no le importamos, pero la verdad es que sí, aunque no lo diga, aunque no lo acepte, le importamos y mucho. Entonces me mira como no queriendo hacerlo y le repito, le digo que no se rinda, que se aferre una vez más, pero igual se quiere ir y vuelve la mirada como quien busca encontrar algo que se ha perdido entre esa muchedumbre que también decidió acompañar su camino.

En algunos casos, la enfermedad permite aferrarnos a quienes tenemos cerca para no sentirnos miserables. Nos sujetamos de ellos para no caernos, para no perdernos como los que sí quieren perderse, porque están convencidos de que la vida no vale nada o que quizá nunca lo valió. No solo es el virus, ese enemigo silencioso que nos persigue y nos vuelve sus servidores más fieles cuando nos exponemos a su respiración, no solo es eso, sino además la condición de la desesperanza. Estar en esa lucha sin las armas necesarias es asumir una derrota anticipada. Por eso necesitamos aferrarnos a esas personas que tenemos cerca, a los nuestros, a aquellos en quienes podemos sostenernos y convencernos de que más allá de la familia no existe lucha que valga la pena.

Por eso le repito que no vuelva la mirada hacia atrás, pero quien ha entrado en la desesperanza y el desconsuelo solo encuentra un espacio de tranquilidad consigo mismo y no con los demás. Por eso se aleja, se pierde, y nosotros nos quedamos en el vacío, porque cuando ese enemigo silencioso lo elige y se lo lleva, también termina por elegirnos a nosotros.