Columnista - Enrique Quiroga Carmona

El ilusionista Vizcarra

Enrique Quiroga Carmona

22 dic. 2018 02:30 am
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Se dice, y con razón, que en la política todo es percepción, y a partir de esa realidad innegable, muchos políticos, tratan que la situación se perciba del modo que conviene a sus intereses, y en tal sentido practican lo que se ha conocido en la historia como el ilusionismo político, que como en la magia de teatro -que siempre es un truco- consiste en hacernos apreciar un objeto o situación, de modo distinto u opuesto, a como es en la realidad. Tal vez uno de los personajes más famosos en esta forma de ilusionismo fue Grigori Potemkin, uno de los muchos amantes de la Catalina La Grande de Rusia, quien valiéndose de su astucia y de esta habilidad, logró impresionar permanentemente a esta soberana y alcanzó muy importantes cargos en su país

Pero, sin duda, quien logró los resultados más impresionantes en esta forma de ilusionismo fue Adolf Hitler, quien valiéndose de una serie de artilugios propios de esta técnica, logró crear una percepción muy favorable a su gobierno y a sus ideas, a partir de la situación caótica en que se encontraba Alemania, alrededor de 1920. Entre estos artificios, estimuló de manera muy importante el odio al pueblo judío, a quien responsabilizaba de los males de Alemania, y el argumento de la supremacía de la raza aria, así como el empleo de los referéndums los que fueron sagazmente manipulados a este propósito. Todo ello llevó al increíble extremo de entusiasmar al pueblo alemán a ir a una terrible guerra, que derivó en la 2da Guerra Mundial.

Estos ilusionistas se han valido siempre de la demagogia y el populismo, de exaltar el desesperado deseo de cambio social, por razones de pobreza, seguridad y de justicia, prometiendo un cambio favorable, radical y rápido. Se centran también en la idea de destruir la imagen de sus enemigos políticos, acusándolos con razón o sin ella, de ser los culpables de las desgracias de su pueblo y tratándoles de infligir el mayor daño posible a su imagen y a su futuro político, llegando a lograr que mucha gente los odie.

Lo característico de esta técnica es que siendo engañosa es necesariamente de corta vida y además perjudicial. Su fuerza inmediata se explica porque impactan fundamentalmente en las personas que no suelen razonar objetivamente -que al parecer son la mayoría-, porque sus argumentos son seductores, y sus aparentes logros convincentes, no obstante ser simulados.

El caso del Perú actual es una demostración evidente de ello, no hay resultados importantes en aspectos cruciales para el país, como es el caso del aumento de la delincuencia, de la corrupción, de los feminicidios, de las violaciones, los crímenes contra niños, y sin embargo el apoyo al gobierno es altísimo. Esto se explica, fundamentalmente, por haber logrado responsabilizar de estas desgracias, mediante esta suerte de ilusionismo, exclusivamente a los opositores de este gobierno, y como consecuencia de ello, destruir la imagen del Congreso de la República y de los congresistas, especialmente de algunos partidos políticos

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