En la noche oscura, el hombre contempla una pequeña luz. Invicto, pese a las heridas que le pueblan los ojos, mira a los hombres caer, eran los desesperanzados, los que creyeron que no saldrían de ese campo Nazi, los que no se encendían, los que no veían más allá ni engendraban una pasión.

No iba a ser jamás derrotado. Podían destruir su cuerpo a látigos, su lengua a dentelladas, su cabeza a culatazos, pero él seguiría con ese propósito gobernando su mente , que ya era un deber, el imperativo categórico kantiano, que en lo particular le era universal: cuando fuera rescatado viajaría a América, fundaría una institución para ayudar a los niños pobres en Perú. Lo descubrió mientras sufría su décimo encierro en un cubículo helado. Con los dientes entreverados por los golpes, solo ese sueño lo mantuvo vivo.

En las noches más densas trazaba los planes y el diseño, a cuántos niños daría el pan y la educación, las regiones que recorrería a mula o en tren. Los severos castigos y la helada mataba a los prisioneros judíos de toda edad, a los cercanos, a los que conocía de vista, todos cubiertos bajo la sombra del terror y la muerte, todos con ese rictus de rendición resignada, la muerte de la moral.

La llamaría Fundación Libertad. Formaría un voluntariado juvenil apenas llegara al Callao y un registro de las poblaciones más pobres.. Así como hay quienes conciben un sueño político o una utopía social en medio de la desgracia y otros adoptan el heroísmo o el arte como virtud algunos erigen el edificio de un sueño para sobrevivir, él tenía ya los trazos de cada futura acción en su mente. Todo estaba allí y en un cuaderno que escondía de los alemanes.

Lo molían a golpes, amenazaban con alinearlo con los que serían gaseados. Apenas le daban pedazos de pan aguado. Solo ese objetivo y esa obsesión trascendente lo ayudaron a superar sus fiebres, a no doblegarse frente a la acerada mirada de sus posibles verdugos, a no morir como tantos.

Ahora es un anciano, dirige la Fundación, la ha extendido a Colombia y Bolivia. No la llamó “Libertad” sino “Esperanza”. Me observa complacido. Sobreviviente. Me extiende unos versos: “No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos sea la sentencia, soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.