Más de doscientos maestros han muerto en el país por el coronavirus. Se han ido en silencio, sin el timbre de los recreos y la bulla de sus alumnos. Aleccionados por sus propias y sencillas tareas: revisar, corregir, preparar las clases. Y por las otras, indispensables  en sus vidas y en las vidas de sus estudiantes: formar, transformar, enseñar, predicar  con la palabra y el ejemplo desde el pupitre.

Franklin Castro Farro era uno de esos maestros. Alternaba sus largas jornadas entre el colegio Inmaculada de los jesuitas, en Surco y el Programa de Educación Básica Laboral, PEBAL, también de los jesuitas,de Pamplona Alta, en San Juan de Miraflores. Con su amabilidad y permanente buena disposición se ganaba la confianza de colegas, estudiantes y padres de familia.

Apóstol quiere decir en griego enviado, mensajero. Y eso es lo que todo maestro debe ser. Mientras sus palabras hablan sobre una ciencia o un arte, su corazón se refiere al presente con virtud y trabajo y al mañana con esperanza y alegría. Ser maestro es transmitir vocación, entrega, compromiso.

La edades de la niñez y la adolescencia, tan proclives a la inestabilidad y al desconcierto, son las edades con las que los maestros lidian. En ese diario trajinar son un poco psicólogos, otro poco tutores y siempre maestros, es decir, escuchas, intérpretes, consejeros.

Así era Franklin Castro. Así lo sigue siendo para sus alumnos y ex alumnos. Su lucha por la vida la dejan los maestros en la puerta de sus aulas. Cierto que han de bregar por mejores salarios, por mejores condiciones de trabajo para una profesión que no es valorada como debería  En Japón, por ejemplo,  el único profesional que no precisa reverenciar al emperador es el maestro, pues, según la cultura japonesa, en una tierra donde no hay maestros, no puede haber emperadores.

Mi padre fue maestro y así nos educó a  mí y a mis tres hermanos. Mis tíos fueron maestros  y así educaron a mis once primos. Aprendí las lecciones de las aulas y de los patios y si no lo hice bien, es sólo mi culpa. El maestro siembra y el alumno cosecha, pero poco en el momento, mucho más tarde cuando la propia vida le va abriendo o cerrando a uno los caminos.

Hay una frase que le escuché a mi padre en una alocución a sus alumnos. El tema, era, creo, el mañana con sus azares y vicisitudes. Con su voz bronca y cálida,  les contó que un soldado de una guerra cualquiera preguntó en medio de las sombras: centinela ¿qué has visto en la noche?. Y el centinela respondió: he visto el amanecer del nuevo día.

Pasado el dolor de esta irreparable pérdida, habrá un nuevo día para la familia del profesor Franklin Castro Farro. La sombra de esta noche aciaga por cierto está allí, pero con su recuerdo y nostalgia irá desapareciendo para volver a ver en su pupitre, ahora vacío, su perfil de educador y de maestro auténtico, su talante de hombre de bien Su clase puede haber terminado pero su apostolado no.