¿Sabes que alguna vez me dejé el bigote para parecerme a ti? Necesité medio año para entender que así cante no tenía posibilidades frente al hombre más bueno de la Tierra. Por eso volví al espejo a recuperar mi antiguo gesto: las ojeras seguían allí, el pequeño mentón y el caprichoso tabique herencia de los Alva, y lo más estremecedor: descubrí que miras a través de mí.

De otro modo no me explico la nostalgia por las localidades donde viviste: esa impresión cuando te lastimaste el brazo saltando de una cerca en El Palmo, el miedo en las curvas de El Alto donde el 79 casi pierdes la vida al precipitarse el bus, el dolor por las siete costillas fracturadas, la furia en Cingarrán que te llevó a eliminar al abigeo que disparó contra tu compañero, la velocidad con la que trepaste al cementerio de Yungay aquel fatídico 31 de mayo de 1970, el frío que casi te reduce cuando intestaste cruzar a nado el Ramis, los aplausos en el Amauta la noche que ganaste el Miguel Aceves Mejía, los flash luego de capturar a los delincuentes de El Alambre, la soledad en Córpac cada vez que veías cómo se perdían los aviones, los yaravíes que aprendiste del abuelo, el llanto de doña Lorenza en las peñas del molino, tu grito de bienvenida en la acequia alta, la tarde cuando huiste del coso de San Mateo, la casa que construiste en las montañas de Tumbes luego de enseñarnos a nadar en las playas de Los Órganos y El Ñuro, o los días de la primera reforma agraria con don Luis de la Puente Uceda en la hacienda de Julcán. Yo aprendí a viajar contigo, papá.

Por eso ahora, que en Lima todavía caminamos con barbijos por la pandemia, es como si tú me hablaras, de otro modo no entiendo cómo yo, el hijo hipocondríaco, no haya sido avasallado por el miedo colectivo. Gracias por seguir cuidándome, papá. Gracias por no dejarme solo ningún tercer domingo de junio. ¿Sabes? Nuestra Socorrito ya recibió su segunda dosis contra el virus, te lo digo para que estés tranquilo. Feliz día del padre, don Antonio.