Ernesto Álvarez Miranda

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Discurso de graduación

Como tengo el privilegio de participar activamente en el proceso de formación de miles de futuros abogados, debo encontrar ideas creíbles para el momento en que quienes egresan y sus familias, asisten a la ceremonia más importante en su alma máter, la graduación. Cuando la sociedad aún podía presumir de salud, se solía escuchar frases emotivas pero predecibles que año a año solían repetirse.

Hoy las palabras han perdido significado y la desconfianza se ha instalado en la psicología colectiva, la rutina académica ha quedado rota por Odebrecht y algunas empresas constructoras que, de la mano del Foro de Sao Paulo, montaron un complejo sistema de corrupción que superó toda previsión y control, levantando en peso al país entero, a gobernantes y opositores, a jueces y abogados, a árbitros, economistas, periodistas y a muchos personajes que tuvieron poder de decisión. Que quede muy claro, no se trata de haber afectado la libre competencia empresarial, sino de haberse adjudicado indebidamente proyectos multimillonarios que no eran técnicamente necesarios, y encima, multiplicando antojadizamente su valor.

Fallaron casi todas las personas que tuvieron el deber de enfrentar a dicha maquinaria, olvidaron las clases de ética y responsabilidad social, perjudicaron con sus acciones a la generación que está tratando de ingresar al mercado laboral, por lo que hay que advertirles que parte del alto costo del desastre lo pagarán ellos, incluída la crisis económica que ya se percibe.

No solo está en juego la credibilidad de la administración de justicia, ahora utilizada como instrumento en contra del adversario político, sino del aparato estatal en general y, en consecuencia, afecta la actividad económica del país, pues el ciudadano de pie sospecha del empresario y del gerente tanto como del funcionario o del supervisor. En ese contexto deberán ejercer nuestros graduados y, por su rigurosa formación tratarán de hacer la diferencia con rebeldía e intolerancia a la corrupción, ante todo aquel mecanismo que pretenda perpetuar arbitrariedad y desigualdad. Pero necesitamos paradigmas modernos, no bastan ya los antiguos como el del abogado Francisco García Calderón, que habiendo asumido la Presidencia prefirió ir preso a Chile antes de firmar un tratado de paz perjudicial al Perú.

El gran reto será encontrar en la nueva élite política a gente como él y no a presidentes aventureros que eligen el dinero antes que la historia, o a quienes se rinden ante los radicales aún antes de intentar defender las rentas que el país necesita para invertir en educación pública, salud o infraestructura. Para rescatar a su país, nuestros jóvenes tendrán que demostrar valor e integridad en tiempos de cobardía y traición.





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