Ernesto Álvarez Miranda

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El Imperio del Derecho

Durante la Guerra del Peloponeso, el líder ateniense Pericles ofreció un discurso fúnebre después de una sangrienta batalla; en él, exaltó la superioridad de su comunidad respecto a la espartana, entre otras cosas, porque en Atenas prevalecían las leyes por encima de la voluntad de los hombres. Varios siglos después, los jueces itinerantes normandos, al tener que solucionar las controversias de los sajones conquistados optaron por apoyar sus razonamientos en el sentido común, creándose el Common Law, horizontal por naturaleza y, como lo afirmara el juez Coke, de obligatorio cumplimiento tanto para el propio rey como para el más humilde de los labriegos. Ese es, precisamente, el origen del Estado de Derecho, que no es otra cosa que una situación en la que resulta natural el imperio del derecho sobre la voluntad y conveniencia política.

Desde la aparición del ser humano viviendo en comunidad, el Derecho era solo un instrumento creado por el gobernante para justificar su poder y mantener su hegemonía, conformando sistemas jurídicos verticales coherentes con los regímenes absolutistas de Salomón, Alfonso en Sabio o Napoleón; esa es la realidad que heredamos las sociedades de tradición europea-continental. No fue casualidad que apareciera en la Inglaterra del Common Law una Constitución que limita al poder, siendo que los jueces ordinarios ingleses dicen el derecho y solo ellos saben qué es constitucional; mientras que los países que crecimos con un sistema jurídico vertical tuvimos que adoptar el Tribunal Constitucional de Keynes, para frenar las decisiones arbitrarias aunque provengan de órganos de origen democrático.

Así, el constitucionalismo significa una ruptura histórica con el antiguo predominio de la voluntad política sobre las reglas jurídicas. Exige una permanente evolución cultural en los ciudadanos que aspiramos a vivir bajo un verdadero Estado de Derecho, pues humanamente exigimos el cumplimiento de las normas cuando la situación puede complicar al adversario, pero apenas nos incomodan, objetamos su legitimidad, procuramos restarles validez o intentamos generar la excepción.

Así como la democracia requiere que las personas superemos nuestros instintos básicos para tolerar las ideas contrarias a nuestros intereses con la finalidad de lograr la convivencia pacífica, el Imperio del Derecho necesita un segundo esfuerzo de superación individual y colectiva, la renuncia a la manipulación interesada de las normas hasta aprender a respetarlas de forma incondicional, asumiendo que una Constitución que limita efectivamente al poder, garantiza las libertades de los ciudadanos y promueve el desarrollo de la comunidad, merece presidir e inspirar nuestros actos y pensamientos.



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