Ernesto Álvarez Miranda

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El parlamentarismo que perdimos

Lo que hoy entendemos por democracia tiene su origen en el cambio de modelo económico surgido durante la Edad Media. El exitoso emprendimiento de plebeyos enriquecidos y el fortalecimiento de los gremios exigen tener un correlato en la política, ya no toleran continuar marginados de los espacios donde se toman las decisiones que les interesan. Así, progresivamente se incorporan al Parlamento o a las Cortes Generales representantes de las ciudades y comarcas. Va apareciendo el tipo de gobierno parlamentario como lógica consecuencia de la democratización de los procesos de decisión política. Solo existen elecciones para elegir parlamentarios, y según el resultado, el partido que obtiene la mayoría absoluta de los escaños convierte a su líder en Primer Ministro; de ser necesario, el partido más votado construye esa mayoría estableciendo dificultosas alianzas con otros, fusionando sus propuestas en un mismo programa gubernamental y distribuyéndose las carteras ministeriales según las tendencias e intereses que cada grupo representa, luego de arduas negociaciones.

Cuando independizan al Perú, no teníamos ninguna experiencia en elegir representantes ni en debatir en asambleas políticas. Por el contrario, éramos duchos en obedecer al poder cuya legitimidad provenía de una lejana metrópoli, y nuestro modelo económico se había organizado en función de su conveniencia, cualquier contradicción era aplastada y a todos les parecía natural. Mientras que el parlamentarismo europeo es fruto de la lenta evolución de comunidades antiguas, el tipo de gobierno que optamos tener desde la Constitución de 1928 fue el presidencialismo norteamericano. Pocos imaginaron que las consecuencias serían distintas, pues la independencia de las Trece Colonias se discutió durante muchos años en asambleas y fue impulsada por las necesidades de sus economías, en la medida en que ya tenían conciencia de sus propios intereses. Para graficarlo mejor, nos matriculamos en la universidad sin haber pasado por la secundaria. Se explica entonces que nuestra etapa republicana haya sido caótica, jalonada por dictaduras, caracterizada por la debilidad de las instituciones supuestamente democráticas y donde la ausencia de los sanos hábitos políticos es cubierta con populismo y una culposa ansiedad por un liderazgo fuerte y absoluto.

Es posible que Bernardo Monteagudo haya tenido razón al promover que la sociedad peruana evolucione políticamente con una monarquía parlamentaria, pues más allá de la supuesta jefatura de Estado de un príncipe europeo, hubiéramos adquirido la práctica de elegir representantes ante una asamblea en función de nuestros propios intereses y tendencias, no a un dictador cada cinco años. Quizás sabríamos tolerar y debatir, en lugar de imponer y agredir. Haríamos política.



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