Ernesto Álvarez Miranda

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La Cuestión de Confianza ilimitada

La arquitectura constitucional de nuestra Constitución Histórica ha sido diseñada a trompicones por las necesidades políticas de momento. No existe la intención de construir un sistema coherente, sino tan solo de tratar de resolver problemas coyunturales ensayando algunos instrumentos constitucionales. Así, en los debates de la Asamblea Constituyente de 1978, se pretende evitar las continuas censuras a ministros del gobierno de Acción Popular, en manos de la mayoría parlamentaria del Apra. La fórmula mágica fue habilitar la posibilidad de que el gabinete en conjunto pueda hacer Cuestión de Confianza en torno al ministro censurado, unido esto a la atribución de disolver la Cámara de Diputados en caso que censure tres Consejos de Ministros. En el debate del CCD prevalece el deseo de fortalecer al gobierno, en la peruanísima idea de instaurar reglas permanentes por necesidades temporales, por lo que reduce a dos Consejos de Ministros derribados para la disolución del Congreso unicameral, pero no se desarrolla la Cuestión de Confianza, entendida como la ayuda solidaria al ministro injustamente atacado.

Aún se recogen heridos de la última batalla entre Gobierno y Congreso, y uno de los generales victoriosos acaba de advertirnos que alista los cañones de la Cuestión de Confianza para defender sus Decretos de Urgencia de la fiscalización del nuevo Congreso. Tendríamos que haber disfrutado de abundantes consultorías para no preocuparnos por el futuro del equilibrio de poderes, ante la evidente falta de disposición de aceptar un razonable control parlamentario sobre normas que no necesariamente eran urgentes y algunas incluso, de dudosa constitucionalidad.

La disolución del Congreso debe ser la respuesta a la negativa del Voto de Confianza al gabinete nuevo o la censura al gabinete en actividad. Pero la Cuestión de Confianza ha quedado sobredimensionada y su uso ilimitado, por lo que el Congreso ha quedado indefenso y desarmado frente al posible berrinche gubernamental de cualquier Presidente en el futuro. Sin que importen los uniformes de la finalizada batalla, asumamos racionalmente que se ha roto la lógica del equilibrio de poderes y que es impostergable que el Tribunal Constitucional no sume simple votos singulares para justificar su decisión sobre la demanda competencial, sino elabore una sentencia que desarrolle la parte orgánica de la Constitución, definiendo y limitando con detalle la Cuestión de Confianza, retornándola a su ámbito anterior, ya que en los regímenes parlamentarios tiene un límite natural porque al plantearla el Gobierno pone en riesgo su supervivencia, mientras que aquí el jefe de Gobierno nunca llega a arriesgar nada y el Congreso lo pierde todo, apruebe o rechace el reto.



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