Columnista - Ernesto Álvarez Miranda

La democracia y el político profesional

Ernesto Álvarez Miranda

25 jun. 2019 02:40 am
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Toda sociedad está compuesta por grupos sociales diversos, con intereses contradictorios y excluyentes, por lo que se requiere de una fórmula para determinar cuáles vencen y cuáles son vencidos, sin que se recurra a la violencia o al exterminio del adversario. La democracia tiene la enorme virtud de resolver los grandes y pequeños conflictos garantizando la convivencia entre los integrantes de la sociedad, otorgando a los representantes de los más importantes grupos sociales el acceso a los espacios donde se toman las decisiones que realmente les afecta. No se niega la existencia de intereses particulares ni se imponen verdades incontrovertibles; por el contrario, la democracia procesa las diferencias suavizando la derrota, pues siempre se puede esperar a las siguientes elecciones, y moderando la victoria, pues para lograr aprobar lo que nos interesa, debemos negociar. Por tanto, la política es una actividad que se desarrolla intensamente en todo régimen democrático, planteando severas exigencias personales a sus actores, al exigir no solo capacidad comunicativa y cultura política, sino también virtudes como la templanza, la honestidad y la  integridad.

Resulta lógico entonces afirmar que se requiere la profesionalización de la política; de lo contrario, sus actores fallarán en los momentos de mayor tensión o gravedad. No es casualidad que, en la inmensa mayoría de casos, los escándalos sean provocados por personas que han llegado a ejercerla sin haber transitado por los sinsabores de una carrera al interior de un partido político doctrinario, individuos que no desarrollaron habilidades como la tolerancia a los argumentos del adversario, ni el dominio de sus emociones tanto en la victoria como en la derrota. El partido político, como estructura organizada que forma y selecciona a los aspirantes a cargos públicos, es irremplazable. Tampoco se lo puede sustituir con eficiencia en la presentación de candidatos, pues es fácilmente comprobable que, tanto a nivel regional, provincial y nacional, los peores ‘políticos’ han sido independientes e invitados, normalmente aventureros en busca de fortuna o de impunidad.

La reforma política, para ser positiva y duradera, debe contribuir a fortalecer a las organizaciones partidarias, exigiéndoles retomar su rol formativo y el transparentar sus ingresos y gastos, devolviéndoles a cambio, la exclusividad en la presentación de oferta electoral en regiones y provincias para que puedan incorporar a todos los líderes locales, dinamizando y democratizando la estructura interna. Sólo alejando al advenedizo se lograrán reducir los niveles de corrupción y se reivindicará el ejercicio de la política.

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