Ernesto Álvarez Miranda

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La élite en una democracia

Desde Aristóteles, se considera que el tipo ideal de gobierno es el denominado mixto, pues une la mayor virtud del gobierno aristocrático: la esmerada formación de quienes toman y ejecutan las decisiones trascendentales para el Estado; y de la democracia: la legitimidad que tienen las decisiones respaldadas por la mayoría de ciudadanos. En el marco de una democracia, donde todos los votos de los ciudadanos valen igual, cada grupo social tratará de tener una participación activa en los procesos de decisión política a través de sus representantes, de acuerdo al nivel de interés que tenga en cada caso; obviamente, debe dar por descontado que los intereses que le son antagónicos tendrán también a sus representantes trabajando activamente para obtener sus objetivos; el triunfo de unos será la derrota de los otros, hasta el siguiente período presidencial y congresal, pues con las elecciones generales se vuelven a barajar y a repartir cartas.

Se entiende entonces que, si bien es cierto que en las ánforas todos nuestros votos valen igual, necesitamos representantes seleccionados y capacitados por las agrupaciones políticas para lograr gestionar exitosamente nuestros anhelos e intermediar nuestros intereses, logrando que el Estado los asuma como propios a través de las leyes, que son decisiones políticas revestidas de normas jurídicas. La democracia necesita de una élite política, sucesora moderna de la antiguos aristócratas, para que efectúe esa labor de intermediación.

El problema se produce cuando los integrantes de la élite no actúan conforme a las virtudes de la aristocracia, y por el contrario, demuestran carecer de las capacidades y aptitudes necesarias para representarnos en el juego político, incluso para mantener un mínimo de credibilidad frente a la sociedad, cuando sus actos exponen su brutal egoísmo y renuncia a las formas elementales que inspiran el respeto público. Peor aún, a la incapacidad para intermediar eficazmente sus tendencias e intereses, se suma la deslealtad a los principios y valores de sus electores.

El reto actual de la política pasa por estas coordenadas, y por tanto, su solución necesariamente tendrá la misma ruta. No tenemos una élite digna de tal nombre, tan solo algunas figuras que significan excepción y no regla, urge el fortalecimiento de los partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas agrupaciones que, con vocación de permanencia y pensamiento programático, alienten la esperanza de los ciudadanos de tener un gobierno serio y respetuoso de la polis.

 



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