Ernesto Álvarez Miranda

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La Navidad de Vizcarra

Ningún candidato a la presidencia piensa seriamente en escoger como compañero de fórmula a un buen estadista, de hecho, predomina la idea de cubrir el cupo con alguien que no haga daño a la campaña, en lo posible sin antecedentes conocidos. Realmente pocas personas pensaron en Martín Vizcarra como jefe de Estado, hace apenas tres años. No obstante, se trata de un exitoso empresario de la ingeniería que decidió gobernar Moquegua.

Pudo haber recibido esta Navidad en Canadá, pero el fujimorismo quiso que se mudara al Palacio de Pizarro. Durante esos intensos dias forjó con César Villanueva una sólida amistad política, la que constituye hoy uno de sus pocos activos propios. Juntos enfrentan no solo a una disminuída pero peligrosa oposición, sino al grupo de leales a PPK, los que deben recordar cada vez que se reúnen con Vizcarra, sus largos silencios en la embajada y las negociaciones con los representantes de Keiko. El Presidente no cuenta con grupo parlamentario propio, con el apoyo de un partido confiable, con un verdadero programa de gobierno, ni siquiera con voceros políticos leales.

Gobernar en esas condiciones es casi imposible. Tuvo que optar entre acordar una alianza gubernamental con la mayoría parlamentaria o intentar sobrevivir apelando al fuerte sentimiento antifujimorista. En una democracia madura hubiera prevalecido la real politik y la necesidad de un gabinete concertado, pero todo parece indicar que no recibió del fujimorismo las suficientes garantías, y los pocos gestos de cortesía fueron interpretados insuficientes por los nuevos ocupantes de Palacio. Hoy observamos el desarrollo progresivo de la segunda opción, y hay que reconocer que, con la importante ayuda de sus asesores, ha logrado fortalecer su posición asumiendo la iniciativa en la reforma constitucional y política. La sensación de la calle es que existe un liderazgo y que este sintoniza con las necesidades emotivas de la mayoría de ciudadanos; no es poco, lo envidiarían Macron y Macri.

Un reto es mantener esos niveles de emotividad y para eso necesita que Fuerza Popular y el Apra, a la manera de los Miura, resistan con nobleza la faena y sigan embistiendo su muleta para delite de la afición, mientras haya toro habrá torero. El segundo reto ya es mayor, aprovechar la efímera popularidad para dejar un legado, escribir su nombre en la historia con reformas de fondo, que catapulten a un país enfermo de odio a la gloria que su Bicentenario reclama.



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