Ernesto Álvarez Miranda

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La Universidad y el Poder

El conocimiento adquirido por la Humanidad, tanto el proveniente de China, a través de los árabes, como el de Grecia y Roma, se pudo haber perdido si la Iglesia no hubiese tomado la decisión de atesorarlo en sus conventos y bibliotecas. Pronto resultó necesario asegurar la formación de una élite académica que pudiera ordenar, comprender y utilizar ese conocimiento en beneficio de las élites políticas, desde luego. Surge entonces la Universidad como una proyección de los claustros religiosos, en procura de formar a los mejores jóvenes, no necesariamente marcados por la vocación sacerdotal. Desde la Edad Media, se tiene claras dos premisas: el aula universitaria no es para cualquiera, hay que tener la capacidad intelectual y la voluntad necesaria para aprovechar la prolongada instrucción; y luego, quien cultiva el conocimiento controla la posibilidad de argumentar, y con ello, justificar la conservación del poder o la lucha por conquistarlo.

Es así como empieza una larga historia de luchas ideológicas para capturar y controlar la Universidad. Desde la Reforma protestante, la Contra Reforma católica, el enfrentamiento entre liberales y conservadores, pasando por los movimientos revolucionarios, hasta el sangriento siglo XX marcado por genocidios provocados por ideologías autócratas: el fascismo con su variante nazi; el marxismo leninismo, que instrumentan el derecho y la justicia: y también la formación académica. En los claustros universitarios logra sobrevivir el marxismo, décadas después de conocidos sus horrores, y se alimenta del descontento social enfrentando con populismo el exitoso avance del capitalismo renovado en la Era del Conocimiento y del Estado de Derecho.

El siglo XXI no nos depara novedades, por cierto. Es académicamente innegable que todos los países que no desarrollaron sus mercados hacia la comunidad internacional, padecen hoy atraso y miseria. Sin embargo, el debate principal no se sitúa en el desarrollo y la mejora de la calidad de la enseñanza universitaria, sino en los productos del marxismo cultural, producto de la herencia gramsciana, en defensa de los supuestos derechos de minorías. La Universidad contemporánea, en lugar de debatir e impulsar programas en procura del desarrollo y de la superación de la pobreza extrema en nuestras sociedades, sirve mayoritariamente como caja de resonancia de preocupaciones más cercanas a la facción radical del Partido Demócrata norteamericano o la decadente socialdemocracia alemana, que a las urgentes necesidades latinoamericanas. Parafraseando a Luis Alberto Sánchez, la Universidad no puede ser una isla, debe responder a la realidad, no al catecismo ideológico de moda, aunque ello signifique enfrentarse al poder político y cultural predominante.



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