Ernesto Álvarez Miranda

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Lecciones del autogolpe

La mayoría de constitucionalistas nos conocemos; algunos somos de derecha, otros de izquierda y por supuesto, los hay quienes anhelan alcanzar la santidad kelseniana, la pureza frente a cualquier influencia ideológica. Podemos ser aficionados a la ciencia política, otros a la filosofía; algunos agradecen la influencia de la economía y otros de la sociología; no obstante, el actual autogolpe ha desnudado debilidades inaceptables en colegas que creíamos comprometidos con los valores y principios constitucionales, repetidos en miles de lecciones y cientos de aulas; ha sido decepcionante escucharlos afirmar públicamente que las reglas constitucionales pierden vigencia cuando son superadas por la política y que el Derecho debe someterse a las nuevas condiciones de un poder descontrolado pero bien posicionado en las encuestas. Ciertamente, se conoce más de las personas en las crisis que en la rutina académica.

Tratando de encontrar enseñanzas de lo ocurrido, podemos comprobar que se cumplió la regla republicana: cada vez que el gobierno no ha contado con la mayoría parlamentaria, se ha producido una ruptura constitucional. De la mano con las reflexiones de la Comisión Tuesta, debemos seguir explorando posibilidades para asegurar que la elección presidencial pueda coincidir con la segunda vuelta parlamentaria. Por efecto de la falta de verdaderas élites políticas, la creciente debilidad de los partidos políticos en Europa y Latinoamérica, la extraordinaria cantidad de información que aturde la reflexión del elector, y la necesidad de vender noticias al precio de la objetividad periodística, la política ya no es un ejercicio de entendimiento sino una práctica de enfrentamiento. Más que negociación y acuerdos, encontramos gesticulación y gritos. Ante ello, es necesario garantizar gobernabilidad democrática.

En esa línea, recordemos que la verdadera intención del presidencialismo norteamericano no fue el predominio del Ejecutivo, sino una forma de gobierno que materializara la separación de poderes como premisa democrática, de modo que ningún órgano constitucional esté por encima del otro, estableciendo frenos y contrapesos entre ellos, para permitir que se controlaran mutuamente. Por eso, siendo necesario mantener el Voto de Confianza al inicio de cada gestión de gabinete ministerial, se hace necesario limitar o eliminar la Cuestión de Confianza. El primero ya tiene como contrapeso la disolución parlamentaria al segundo gabinete derribado. La segunda, puede ser usada irresponsablemente y no tiene contrapeso alguno en favor de un Congreso que, en el futuro, podría convertirse en una simple marioneta ante la ausencia de otra respuesta que no sea la aprobación vacía y falsa de la Cuestión de Confianza planteada.



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