Ernesto Álvarez Miranda

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Martín Vizcarra, el guerrero

Habitualmente, los peruanos solemos recordar el autoritarismo del Virrey, para tratar de explicar el supuesto encanto que ejerce en nosotros el deseo de una mano firme, un liderazgo cuya fortaleza supere los angostos límites constitucionales en procura del objetivo de moda, ya sea seguridad, nacionalismo o anticorrupción.

En realidad, lo nuestro es bastante común; el país más culto de la época vitorió a Hitler para obtener estabilidad; Italia cantó 20 años la Giovinezza fascista, para sentirse romanamente trascendente; España y su Cara al Sol para salvarse del comunismo, Francia con Charles De Gaulle para sentirse importante, y sigue así la larga lista de sociedades que han sucumbido a los transitorios encantos de un dictador, siendo el común denominador la oportuna representación de una urgente necesidad del pueblo. Tenemos entonces que el problema está al interior de cada ser humano y, por consiguiente, en la sociedad en su conjunto. Desde el paleolítico, ante una grave amenaza de la tribu vecina, la comunidad política se sometía al dictado del más fuerte, del guerrero más fiero, a fin de derrotar al enemigo y asegurar la supervivencia del clan; logrados los objetivos, el líder guerrero ya no era admirado sino que parecía ahora arbitrario y abusivo, y no pasaba mucho tiempo para que fuese eliminado por sus colegas, quienes entregaban la administración de la paz conquistada a un honorable consejo de ancianos.

Toda sociedad se debate entre dos valores: orden y libertad. Preferimos el primero cuando nos sentimos en grave peligro, y luego optamos por el segundo cuando nos resulta imprescindible garantizar nuestra autonomía individual. Aceptamos o elegimos representantes en función de estas necesidades, por eso Alberto Fujimori pudo tener un 80 % de aceptación a mediados de abril de 1992, año de terrorismo e hiperinflación para luego, obtenida la estabilidad financiera y derrotada la amenaza comunista, resultaba insoportable; AF fue ese guerrero prepotente que no supo, o no pudo, interpretar la realidad y dejar las armas.

Hoy, las populares banderas anticorrupción podrían estar generando un espacio adecuado para un Vizcarra guerrero, pero cuando llegue el tiempo del consejo de ancianos deberá rendir cuentas. Por eso, es necesario ayudarlo a que no impulse proyectos de ley abiertamente inconstitucionales, como el de intervención al Ministerio Público, y recordarle siempre que la gran corrupción vino de Odebrecht y del Foro de Sao Paulo, muchos de cuyos aliados y sobornados apoyan interesadamente a su gobierno.





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