Ernesto Álvarez Miranda

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Reinventando la patria

En el Derecho Político existe una notable diferencia entre los países desarrollados y los subdesarrollados: la importancia que otorgamos a la política y a la estabilidad. Mientras que a los latinoamericanos nos seduce apostar a profundas reformas para mejorar nuestros regímenes, en el mundo desarrollado la estabilidad es el presupuesto obligado para seguir perfeccionando el funcionamiento de sus modelos, pues entienden que los regímenes evolucionan favorablemente con el permanente ejercicio de la política.

Por la formación escolar recibida, admiramos la Revolución Francesa sin considerar que permitió la consolidación del Imperio y luego el retorno del Borbón. En cambio, la Revolución Inglesa un siglo antes, al concretar un esfuerzo conjunto de los dos partidos de la Cámara de los Comunes, permitió la conversión del régimen absolutista de los Estuardo en la actual monarquía parlamentaria y constitucional. Los ingleses han preferido no intentar escribir su Constitución, que vive en el pecho de sus jueces, en los discursos de sus parlamentarios y en las decisiones de sus ministros.

Francia, a su vez, no cambia desde que reformó en 1962 la Constitución de 1958, aprobando la elección popular de su Presidente de la República al tiempo que mantenía al primer ministro elegido por la mayoría de la Asamblea Nacional; pasó la prueba de fuego que significó la cohabitación de rivales ideológicos y electorales, porque hace verdadera política, logrando con ello una democracia de calidad. Nosotros, al final de cada ciclo de diez o doce años, sentimos el imperativo deseo de reinventar nuestra República. Por algún motivo, como los franceses de los siglos XVIII y XIX, creemos que cambiando las reglas radicalmente o promulgando nuevas constituciones, mejorarán nuestras conductas y aflorarán nuestras virtudes.

No persistimos en fortalecer el modelo político y económico, permitiendo su natural evolución, porque en realidad no toleramos ideas diferentes a las nuestras, no escuchamos todas las corrientes de opinión, no creemos en la necesidad de construir consensos para mejorar nuestra democracia. El ingeniero Vizcarra no intentó generar acuerdos, no quiere hacer política. Ha apostado el destino de la República a la derrota de sus ‘enemigos’, ha debilitado la institucionalidad con las antojadizas interpretaciones que un par de audaces académicos de izquierda le han vendido.

Con el respaldo interesado de los odebrechistas amenaza quebrar el régimen constitucional adelantando las elecciones generales para ser él, con la oculta batucada de Palacio, quienes coloquen al nuevo presidente y, de paso, completen el sometimiento de la administración de justicia al poder político, perpetuando la ruina de sus opositores y la impunidad para sus aliados.





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