Ernesto Álvarez Miranda

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Sin autonomía no hay carrera judicial

La independencia de la administración de justicia define la calidad del Estado de Derecho de un país. Cuando un presidente poderoso como Donald Trump, que domina ambas Cámaras y posee un mayoritario apoyo de la población, quiere imponer su agenda interna, contraria a los derechos de los extranjeros que viven en Estados Unidos, son los jueces quienes lo enfrentan con instrumentos jurídicos y lo vencen. En el régimen parlamentario europeo, la alianza mayoritaria en la Cámara de Diputados logra colocar a su líder como Primer Ministro, con todas las atribuciones de un Jefe de Gobierno y, por tanto, cabeza del Ejecutivo y, al mismo tiempo, del Parlamento. ¿Cómo se cumple el principio de separación de poderes? Los órganos de decisión jurisdiccional son autónomos e independientes de los órganos de decisión política.

El gran reto latinoamericano es el de fortalecer sus instituciones, en especial aquellas que participan de la administración de justicia. La herencia colonial no ayuda, tampoco la inestabilidad política de los primeros dos siglos republicanos; es momento de reconocer que mientras no exista predictibilidad en las decisiones jurisdiccionales y prestigio en la carrera judicial, no habrá una verdadera hegemonía del derecho sobre el poder, esencia misma del Imperio del Derecho construido por los ingleses desde la Carta Magna de 1215.

Conspira contra ese ideal la pauperización de la abogacía, por la escasa calidad académica de la formación jurídica de la mayoría de quienes aspiran a integrarse al Poder Judicial y al Ministerio Público. La carrera judicial no suele atraer a los mejores y, por el contrario, es refugio de muchos de quienes no han podido cultivar una trayectoria en la actividad privada. El Consejo Nacional de la Magistratura, monstruo creado por varios de los ‘expertos en sistemas judiciales’, es una mala copia de los Consejos Superiores de Justicia europeos, y tuvo como pecado original el entregar los mecanismos de selección y ascenso a personas ajenas a la carrera. ¿Qué pasaría con la Marina de Guerra y con la Carrera Diplomática si las aspiraciones de sus postulantes y miembros dependieran de personajes extraños a esas instituciones? Posiblemente perderían gran parte de su atractivo y el fuerte sentido de autopertenencia que lucen, orgullosamente, quienes tienen la suerte de integrarlas.

Jueces y fiscales han sido objeto de manipulación a lo largo de toda la historia republicana, y las grandes crisis de sus instituciones motivaron graves intervenciones del poder político, sin lograr resultados de fondo. Mientras ellos no tengan el manejo real de sus instituciones, su carrera carecerá de prestigio.





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