Ernesto Álvarez Miranda

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Vizcarra y la continuidad presidencial

La prueba máxima de madurez política es la capacidad de renuncia al poder, aun a costa de ocasionar graves perjuicios a la comunidad a la que se dice servir. Felipe González y Margaret Thatcher son dos personajes que asumieron el final de sus ciclos, dejando paso a la generación siguiente. En el Perú, donde lo usual es que los presidentes de partido abandonen el liderazgo solo ante la muerte, es singular el ejemplo de Luis Bedoya Reyes, quien viene votando por tres sucesores en sendas elecciones internas.

En los Estados Unidos tuvieron que aprobar una Enmienda Constitucional en 1947 para evitar que un presidente en ejercicio se presente indefinidamente a elecciones, pues les resultó obvio que la tentación de continuar en el poder podía fácilmente convertir a un político exitoso en un populista amoral y pródigo, un peligro tanto para la institucionalidad como para la salud financiera del país. Esto, a pesar de tener un grueso tejido social, numerosos grupos intermedios y controles políticos que impiden que la voluntad presidencial pueda afectar directamente la vida, la libertad y la propiedad de un ciudadano.

En Latinoamérica, donde la evolución política no ha generado madurez, es  indispensable bloquear la tentación de mantenerse en el cargo presidencial, pues a falta de institucionalidad que impida el abuso del poder, muchos aventureros han usado recetas populistas para manipular la opinión pública apelando a instintos y emociones básicas, subsidiando a millones de electores cuya pobreza es instrumentalizada, o promoviendo nuevas Cartas constitucionales destinadas a justificar, y no a limitar, el poder del autoritario.

Así, ningún constitucionalista serio argumentaría en favor de la continuidad en el cargo del presidente Vizcarra, por encima de la simpatía política que pueda merecer. La prohibición de la reelección presidencial en la Constitución histórica peruana y no solo en la actual, se refiere al impedimento de postular a la jefatura del Estado y del Gobierno a quien se encuentre ocupando el cargo, con la posibilidad de disponer de los recursos del Estado y de la influencia propia de la función en provecho propio.

Mientras Vizcarra no renuncie expresamente a su hipotética continuidad, será blanco de ataques inmisericordes provenientes no solo de sus conocidos adversarios, sino también de grupos que siendo hoy sus aliados, alimentan espectativas electorales. Retirarse hoy de la contienda de 2021 le puede asegurar mantener una parte importante del inmenso capital político que ahora tiene, articulándolo con paciencia en un movimiento con raíces regionales y, ojalá, identidad programática.



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