Hoy toca hablar de una de las novelas más representativas de ese prolífico escritor que es Erri De Luca: Los peces no cierran los ojos.

Esta novela se lee de un tirón porque pronto uno cae en una suerte de hipnotismo. El lector puede advertir que aquello que está descifrando no solo es placentero, sino que también está escrito con genialidad (ese placer que algunos llaman tan fríamente «goce estético»). Incluso en la mente (donde perduran párrafos enteros del texto leído) aparece una voz que dice: «Vaya».

En esta novela corta, el narrador en primera persona evoca un verano en particular. Regresa a una edad en la que los cambios internos comienzan a gestarse y la niñez tambalea. De esta forma, nos dice: «Diez años era una meta solemne, por primera vez se escribía la edad con doble cifra. La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años».

Se construye así —y esto es lo que me encantó del libro— una novela de la memoria en la que un niño comparte su soledad con el mar, su madre y los libros. Estos últimos son los que lo conectan con el conocimiento de un mundo más amplio, un mundo que empieza a pertenecerle a través del lenguaje.

La palabra «amor» se le presenta en los libros como algo carente de significado. En la realidad cotidiana, este significado aparece ante sus ojos como una deformación: él y su hermana son la conjugación del verbo, pero la misma palabra («amor») también es el origen de las guerras.

La ternura (elemento presente siempre en la narración) es lo más cautivante. Es una ternura de alguien que lo ve todo por primera vez, característica usual de las bildungsroman. Pero es también una ternura que no desborda, que hechiza por su poder de sugerencia, que atrapa por su poder de contención.

Los recuerdos del narrador, puestos en los sentidos de un niño de diez años, llaman la atención por su gran capacidad para capturar el instante. Ese «saber observar» determinados gestos, sonidos, texturas e incluso el viento es algo que hace trascender a la novela. El lector no puede hacer otra cosa que maravillarse.

El carácter magistral de este libro se debe también a que el narrador, hacia el tramo final de su relato, asume una postura fundamental: la del narrador inteligente, la del creador de metáforas que perduran. La del hombre que nos regala su sabiduría.