Hace casi 30 años, el sistema comunista que un momento dominó a un tercio de la humanidad, se derrumbó ante la atónita mirada de creyentes y adversarios, quienes no podían creer que una ideología tan “fascinante” sucumbiera de una forma relativamente rápida e incruenta. Pero ¿ha desaparecido realmente el marxismo o solo cambió sus métodos para alcanzar el poder?

Para su servidor, es evidente que en la actualidad somos testigos de la segunda premisa. Las ideas marxistas, a pesar de la pérdida de su mítico santuario ruso, han emprendido un proceso de transformación, por medio del cual los partidos “progresistas” buscan integrarse al sistema político imperante (han descartado el uso de las armas para alcanzar sus metas) y obtener mediante los votos el control de sus respectivos países. Una vez logrado dicho objetivo, comienza el proceso de dominación de los poderes del Estado y la sociedad civil, usando para esto medidas demagógicas, las cuales les permiten ganarse un gran apoyo entre las masas y con esto justificar su accionar, atribuyéndolo al “cumplimiento de las órdenes y los anhelos de los ciudadanos” .

Ejemplo perfecto de esta situación es Venezuela, donde el régimen del fallecido Hugo Chávez y su sucesor Maduro han creado una amplia y efectiva red que supervisa los principales centros representativos venezolanos, haciendo de la democracia “llanera” una mera falacia.

El amor no acaba

El marxismo y sus variantes a lo largo de la historia, han producido múltiples reacciones en los seres humanos: odio, admiración, respeto, decepción, pero eso sí, nunca indiferencia. Para muchas personas, la fascinación con este sistema tiene como raíz las “soluciones” (teóricas, mas no reales) que ofrece el comunismo a los problemas, errores y abusos de los gobiernos democráticos, los cuales son groseramente evidentes en las zonas subdesarrolladas del planeta, cuyos habitantes se sienten poco representados por una administración ineficiente e indolente en casi todas sus instancias, la cual solo busca beneficiarse del esfuerzo del trabajador de forma poco ética y hasta ilegal.

Es por lo tanto entendible que muchos decidan poner sus esperanzas en una utopía que se presenta como remedio a las falencias gubernamentales, pero que al momento de alcanzar el poder, convertirá tu vida y la de tus compatriotas en un infierno donde reinará el miedo, la sospecha y el terror. Para confirmar la veracidad de mis palabras, solo hay que analizar el destino de incontables repúblicas que cayeron bajo el “yugo rojo”.

Etiopía, Angola, Yemen y Cuba alguna vez prestaron oído a los armoniosos “cantos de sirena”, la magia de sus voces los sedujo, haciéndoles creer que un futuro más promisorio esperaba por ellos a la vuelta de la esquina. Lamentablemente, cuando se dieron cuenta del terrible error, ya era muy tarde para escapar a sus nefastas consecuencias. Estos deplorables ejemplos deben servirnos de experiencia a los peruanos. Por eso considero que tanto las autoridades como los ciudadanos tienen una gran responsabilidad en el futuro del país. Los primeros trabajando con honradez y eficiencia en sus respectivas funciones y los segundos involucrándose activamente en la vida política de la nación, haciendo respetar vehementemente sus derechos, pero cumpliendo con igual intensidad sus deberes.

Si se siguen estas medidas, la libertad y la democracia no tendrán nada que temer de propuestas trasnochadas e irreales, sin embargo, si continuamos manejando al Perú como si fuera una “chacra” más, las revoluciones, guerras y conflictos terminarán convirtiendo a nuestra amada tierra en un lugar donde caos y el fanatismo se impondrá sobre la razón y el sentido común.

José Rafael Cernicharo Bustelo