El hombre desde la lejanía de los tiempos, vive inmerso en el quehacer político, quiéralo o no. Le guste o le disguste llega un momento en que tiene que decidirse por una doctrina, una tendencia, una ideología o una política que encabeza un grupo o una persona.

Un pueblo carente de cultura es manipulable, capaz de ser persuadido ajeno a su propio razonamiento.
Montesquieu fue magistral al manifestar: “El pueblo en una democracia es en ciertos conceptos el monarca; en otros conceptos el súbdito. No puede ser monarca más que por sus votos; los sufragios que emite expresan lo que quiera”.

Revisando los diarios y las páginas web me he quedado sorprendido, perplejo y anonadado, hasta donde la mentira y el engaño se pueden institucionalizar, es una pandemia generalizada y heredada de un felón, que si hubiera justicia en el país, ya estuviera como candidato a algún penal y no como absurdamente pretende, una curul en el Congreso de la República para buscar la inmunidad que lo salve de los delitos cometidos.

El paisaje político pinta así, tenemos un ministro de Educación que afirma que el balance del año escolar 2020 “es positivo”, una ministra de Salud que “no tiene idea de que cuando lleguen las vacunas”, una ministra de Defensa que quiere reformar las Fuerzas Armadas con “notables”, un ministro del Interior que aparte de quedarse dormido manda un contingente de policías a la Costa Verde, cuando el Mercado Central, Mesa Redonda y Gamarra es un mar humano, un ministro de Cultura que realiza una exposición en el LUM, sobre dos “héroes” que originaron la caída de Merino, un ministro de Economía que dice que “se está reactivando la economía”, un ministro de Agricultura que no puede solucionar el problema del norte y sur del país con los agricultores.

Un inquilino en la Casa de Pizarro que habla en poesía, un gabinete que la semana pasada dictó unas medidas y a las 72 horas dicta otras medidas, cuando ya la gente se ha contagiado en masa, un copamiento de “moraditos” en todos los estamentos del Estado, pero no saben dónde están sentados y solo pasan por caja para cobrar.

Una Conferencia Episcopal -máxima autoridad de la Iglesia Católica- que no vela por su feligresía y coquetea en rojo. Una televisión y medios de comunicación social que bailan de acuerdo a la música que dicta el Poder Ejecutivo. Un pueblo pusilánime sujeto a la manipulación al carecer de criterio para actuar dentro de lo debido. Una veintena de candidatos presidenciales que ante la coyuntura política ni enterados están. A más de tres mil aventureros en política que pretenden una curul, pero ante la realidad están mudos, hasta que embauquen al pueblo.

Un país a la deriva por tener una organización política criminal, donde el electorado tiene mucha responsabilidad.
Tenemos finalmente la esperanza con la ayuda de Dios que el Perú cambie para bien, si es que la vida nos alcanza…