Esa mala costumbre

Esa mala costumbre

No hubiera pagado tantos años de gimnasio de no ser por la diatriba de quienes cuestionaban mi delgadez adolescente. “No seré más el alfeñique”, decía frente al espejo en el tenor de un inspirador culturista que hizo de nuestros padres gestores de músculo de azotea, Charles Atlas. Mi inversión tenía varias cadenas modernísimas que me prometían “dejar de ser yo”. De 55 kg al iniciar la universidad pasé a 80 kg por hierro.

Nunca faltó en el camino un “te veo flaco” cuando no había bajado un kilo o un “has engordado” cuando no había sumado gramos. Al tiempo digo, ¿y qué si era flaco? ¿Tenia que hacer músculos para dar gusto?

Una mujer le dijo a otra que las ojeras la hacían ver mayor, lo que no era verdad. La pregunta es: ¿Cuál fue la estúpida necesidad de decirlo? ¿Cuál es la estúpida necesidad “tan peruana” de calificar el físico, el color, la voz, la edad como si saludar fuera el equivalente de una medición?

“Te ves más viejo de lo que dices”, le decía uno a otro en una reunión en la que se soltaron las edades como naipes. El impertinente podía bien ser su padre, pero la impertinencia calzaba con el tamaño de su boca.

Unos niños no tan niños se jaraneaban con el gran peso de una extraña… y a vista de ella, la hirieron porque sí, por esa “estúpida necesidad”, tan peruana, por medir la superficie. Nunca se discute sobre la inteligencia, porque es un terreno arriesgado. ¿Era necesario reír del peso de la mujer? Ellos podían olvidarlo en una semana, ¿y ella? El “piñateo”debe haberla marcado para siempre. Desde luego la nariz, las orejas, el vientre o el cabello están sujetos a esa calificación de rigor que a los peruanos les permite evaluar a los demás, eludiendo sus propias miserias bajo el forro, sus asimetrías y las vagas neuronas “registradas”.

¿A qué todo esto? Reestudio el efecto Pigmalión: un elogio puede llevar a un practicante a convertirse en socio, la atención sobre el bello relumbre del cabello puede cambiar en enfoque sobre la posibilidad de un amor, la admiración por la capacidad de un contertulio puede tornarlo en sabio… pero nos tienta la saña. En todos hay algo de magia (Goethe), algo de esa belleza que un par de ojos puede ver en la oscuridad. “Te veo más…”, dilo… porque así puedo medir cuán idiota puedes ser.

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