En las elecciones pasadas, el poeta y entonces candidato al Congreso Harold Alva sostenía dos propuestas efectivas para luchar contra la corrupción: la Ley del libro que defienda la industria nacional y la Ley del escritor que los revalore cultural, laboral y socialmente. Era claro y tenía mucho sentido: una sociedad que tiene acceso a la lectura, a los libros, a la cultura, puede hacerle frente a la corrupción y puede cambiar su historia.

Lo que sucedió después de esas elecciones, en las que, por cierto, los votos no acompañaron al candidato, revelan que los libros y la lectura en nuestro país siempre ha sido uno de los últimos lugares donde miramos cada vez que pensamos en cambiar el país. No nos ha interesado mucho el tema, por cierto. Por eso, quizá, propuestas como la de fomentar la cultura a través de los libros o de revalorar a nuestros escritores no tienen cabida.

Los escritores en el Perú no tienen el espacio ni el lugar que se merecen. Ser escritor, por ejemplo, no está considerado como un trabajo formal. Es un oficio que no tiene los derechos que le daría una estabilidad laboral. Son, en general, sujetos olvidados, sujetos que viven a la intemperie sin el respaldo de un Estado que siempre les ha dado la espalda. Un escritor, por ejemplo, no tiene un seguro de salud, a menos que lo solvente por su propia cuenta a través de un seguro particular, que luego difícilmente podrá pagar incluyendo a toda su familia. Es una situación sumamente complicada. Basta con mirar al pasado para ver lo que ha sucedido con César Vallejo, nuestro poeta universal, quien murió en París, enfermo y pobre, sin poder retornar a su patria. Miremos a Martín Adán, quien murió en el hospital Loayza por un shock post operatorio. Miremos a Alejandro Romualdo, quien murió solo y abandonado en su vivienda por una afección cardiaca.

Hace algunos años pasó algo similar con el escritor Miguel Gutiérrez, quien cuando enfermó, su esposa tuvo que llamar a la prensa para que pudiera conseguir una cama en el hospital Almenara. Lo que ha sucedido esta semana con el laureado escritor Pedro Novoa, víctima del cáncer, es un hecho similar. Sus amigos, quienes venimos apoyándolo, hemos tenido que hacer eco en la prensa para difundir el maltrato y la indolencia que ha recibido en el hospital Rebagliati. Sin embargo, hasta el momento en que cierro esta columna, el Estado aún no se ha pronunciado. No necesitamos un presidente que lea a Vallejo, sino uno que se ponga en su lugar.