La edad es una forma sutil de hacernos sentir vulnerables. Es sentir los estragos, los achaques, las dolencias no solo físicas, sino además emocionales, esas que lastiman mucho más. Y con ello, nuestras preocupaciones crecen, no por nosotros, sino por ellos, por la familia, por nuestros padres, en quienes pesan los años y esperan sostenerse en nosotros para no caer. Entonces nos unimos y somos uno solo, en comunión, y su vida también termina siendo nuestra. Sus enfermedades son nuestras. Sus dolencias lo son también: sus temores, sus miedos, sus llantos, todo.
La enfermedad es una manera de hacernos perder la brújula y abandonarnos a la deriva cuando pareciera que no podemos llegar a la meta. Nos acorrala, nos intimida, nos amenaza e intenta hundirnos. Y no cualquier enfermedad, por cierto, porque las simples pasan rápido, se superan. La difícil no, esa silenciosa que se escabulle, que se esconde y se asoma, y cuando se sabe descubierta ataca con más fuerza. Entonces la lucha recién comienza. Si decidimos bajar la guardia antes de enfrentarnos, ya habremos perdido la batalla, no solo nosotros, sino también ellos. Y cuando ellos pierden, todo se ha perdido.
La enfermedad unida a la edad es una conjugación peligrosa. Nos advierte la sentencia, nos preocupa. Y ellos, nuestra familia, nuestros padres, sin saberlo, terminan significando un aliento, una motivación, a pesar de que la batalla pueda parecer perdida. Luchar contra la enfermedad silenciosa no tiene que ser un anuncio de la derrota anticipada. No, de ninguna manera. Es el inicio, el comienzo del largo camino entre el desvelo y la esperanza que nos permita entender que los tiempos a veces son prudentes y que podemos confiar en el destino. Y si el destino es adverso, es una oportunidad para dar el giro necesario y encontrar en esa mirada, en esa sonrisa, las ganar de seguir luchando contra la adversidad.
La esperanza a veces aparece cuando creemos que todo está a punto de derrumbarse. Es como una pequeña luz que se columpia entre la inquietud y la desazón, entre la angustia y la tranquilidad, entre la vida y la muerte. Nos mira, nos observa y espera que acudamos de inmediato. Y cuando la alcanzamos, no nos queda otra opción que aferrarnos a ella y no soltarnos jamás, porque si en algún momento la soltamos, si tan solo nos atrevemos a soltarla, habremos perdido todo, a ellos, e incluso a nosotros mismos.

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