Estand Santa Gladys, 22D

Estand Santa Gladys, 22D

En la Feria del Libro, una joven pareja pregunta, estand tras estand, por un libro especial. Lo encuentran y hojean las relucientes páginas, con la mirada fija, se embelesan con la primera lectura y muestran la sonrisa al mundo como quien sacia el hambre. Ante ese primaveral marco, no resisto, me acerco, siento también que otras olas navegan en mi acelerado corazón; me apresuro, sin mediar nada, les interrumpo para indagar por tamaña felicidad. Responden con alegría mostrándome la joya: Antología poética de Juan Gonzalo Rose. “Me encanta ‘Carta a María Teresa’” expresa con júbilo la señorita, “A mí me encanta ‘Exacta dimensión’” responde el varón con el corazón agitado, como quien cruza los cien metros planos en primer lugar. Me olvido de los frígidos días, de las destartaladas calles de Lima, de los serpentines de hambre que deambulan junto a las horas sin calma; me olvido de las horas que estuve parado en la cola para lograr una entrada, me olvido de las aceleradas várices que sobre mis piernas van dibujando versos que debo declamar con dolor todos los días, y disfruto con ellos esos segundos de gloria.

En anaqueles de la feria de libros y de librerías, las portadas de los libros de Juan Gonzalo lucen impecables, coloridos y llenos de vitalidad. En la otra orilla, lejos de los huertos y de las mareas de junio, sobre una placa de cemento, mal llamada lápida, el nombre del poeta, escrito en un color que se va borrando, sufre las inclemencias del olvido y la indiferencia. Los únicos seres que lo visitan son las arañas venenosas que van cobrando sus regalías por los servicios prestados y también derechos de autor por las telarañas tejidas para cuidar el nicho y lo que queda de los restos del poeta. Todo está confabulado para que el destino final sea el olvido, y que el recuerdo solo se reserve para el vil negocio.

Como todo en la vida, la muerte nos recuerda que la tumba es un hoyo que se sigue cavando. Mientras tanto, afuera, se percibe el bullicio de sombras sin escrúpulos, de esqueletos que también bebieron y fumaron con Juan Gonzalo Rose, quienes pelean, ante los jueces de la nada, por los últimos botones de la desteñida camisa del poeta.
Felizmente, el aroma del último pétalo de rosa, se resiste a abandonarlo y se mantiene estoico, cuidando al poeta, allá en el nicho 22D, del estand, perdón, pabellón Santa Gladys del cementerio El Ángel.

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