Queridos hermanos: Estamos frente al segundo Domingo de Cuaresma, que es un tiempo de conversión, es decir, de combate frente a nuestra idolatría y nuestra vida fuera de Dios. En la primera Palabra, tomada del libro del Génesis, Dios le dice a Abrahán: Abrahán, toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y me lo vas a sacrificar. ¿Cuál es el problema de Abrahán? Él no tenía hijos, ni tierra y Dios le da un hijo, pero Abrahán termina idolatrando a su hijo.

También nosotros idolatramos a personas, a situaciones, pero Dios no soporta que tengamos un dios fuera de Él; y no lo soporta, porque nos hace daño. Y le dice a Abrahán: “Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré”. Esto es un escándalo: sacrificar un hijo. Lo que Dios quiere es sacrificar nuestra idolatría. “Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña.

Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el Ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, detente!»”. Porque Dios mira la intención que tenemos de sacrificar nuestra idolatría. “Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo”. Abrahán vio un carnero, imagen de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, y lo sacrificó. Es la imagen de que vendrá el Mesías, que se sacrificará, se inmolará, por todos nosotros. Le dijo el Señor: “por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa”. Obedecer al Señor es fundamental. Él termina diciendo: “Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz, porque me has obedecido”.

En esta pandemia, hermanos, estamos aprendiendo lo que significa “sacrificarnos a nosotros mismos”, es decir, matar nuestro hombre viejo, no buscarnos a nosotros mismos. Por eso, a esta primera Palabra respondemos con el Salmo 115 que dice “Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos”. Es importante seguir al Señor porque en Él está la vida y Él nos concederá su gracia para poder decir “cumpliré al Señor mis votos”, porque será Él quien los cumplirá.

Por eso la segunda Palabra tomada de la carta de San Pablo a los Romanos, nos habla que Dios “no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?”. Dios nos quiere dar “todo”, que es la Vida Eterna. Nos quiere dar su Espíritu, que es el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos. En efecto, hermanos, “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, “si Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?”, nadie, porque el Señor hace esta alianza con el hombre y le dona su Espíritu y nos indica el camino: “En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre: Este es mi Hijo, el Elegido; escuchadlo.”

De esto nos habla el evangelista San Marcos. Dice que: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús”. Dios, hermanos, nos lleva a transfigurarnos, es decir, a la contemplación de Dios, que es Dios en el corazón del hombre; y habla con nosotros, con Moisés, que es la Torá, es decir, los primeros libros de la escritura; y con Elías, los profetas. Por eso Pedro dice: “Maestro, qué bien se está aquí”, qué bien se está contemplando la Palabra de Dios, que habla con nosotros. En Cristo, hermanos, se cumple toda la Escritura, por eso se puede decir “qué bien se está aquí, haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”; eran los días de la Fiesta de las tiendas, la fiesta del Sucot. Esta es la misión de la Iglesia: transfigurar al hombre, la contemplación. El hombre está llamado a vivir contemplando a Dios.

Hagamos la experiencia y veremos cómo Dios actúa en medio de nosotros. Muchas veces no sabemos qué hacer, qué decir, el miedo nos paraliza. Pero el Padre nos habla y de en medio de la nube y nos dice: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Ánimo hermanos, que el Señor quiere transfigurar nuestras vidas, dejemos que Él haga esta historia de salvación, escuchemos a Dios. El primer mandamiento en la ley de Dios es escucharle. Escuchemos a Dios y nuestra vida se transformará. Ánimo, hermanos, que Dios nos ama y se ha encarnado haciéndose débil por nosotros. Recemos unos por otros en medio de esta pandemia para que podamos entrar en este íntimo diálogo con Dios, nuestro Padre.

Con mi bendición apostólica. Obispo E. del Callao