Va a resultar mucho más dramática la recuperación del país en las condiciones en que se encuentra que el costo socioeconómico y político que implicó emerger de la quiebra –terrorismo incluido- de fines de los ochenta. Si bien prevalece el hilo transversal de la gran corrupción, es evidente que la estructura política peruana del siglo pasado –a cargo de conducir el gobierno- era infinitamente superior a su actual dirigencia, plena de improvisados, ganapanes, incultos, cicateros, etc. Y esa primera disparidad lleva un significado esencial. Porque las naciones las gobiernan los políticos. No sólo aquellas autoridades elegidas por el pueblo sino las designadas por éstas, conjuntamente con organismos excéntricos al poder político que influyen en la marcha del país, como es la prensa. En consecuencia si decae la calidad de los gobernantes y declina el nivel de las demás fuerzas que intervienen en el gobierno -incluidos medios de comunicación- automáticamente queda menguada la naturaleza de la autoridad nacional, y con ello la capacidad de respuesta de la nación frente a cualquier adversidad.

La clase política de hoy es dramáticamente inferior a la que tuvimos en los años ochenta, noventa y primer decenio de este siglo. La evidencia la vemos en el crisol de la población -el Congreso- y en su contraparte, el Ejecutivo, incluidos presidentes y ministros. Y si esto ocurre en la cúpula del poder, imaginemos lo que sucede en la burocracia. La insignificancia de quienes conforman el aparato estatal –de rey a paje- es sencillamente estremecedora. Y esta nadería constituye el principal obstáculo para que hoy el Perú saque fuerzas de su flaqueza para remontar el Everest de miserias, insalubridades, inculturas y demás adversidades que se han acumulado, por culpa de tres sucesivos malos presidentes –Humala, Kuczynski y Vizcarra- con sus respectivas desastrosas administraciones. Y por si esto fuera poco, la insignificante calidad de la actual prensa nacional -aquel mal llamado “cuarto poder del Estado- contrastada con el verdadero, brillante periodismo que ésta ejerciera hasta finales de los ochenta, agrava sensiblemente la coyuntura del país. La explicación es sencilla. Una nación bien informada logra cohesionarse ante la desgracia. Porque primeramente, conoce la realidad. Por consiguiente, la magnitud del problema que la embarga. Por tanto, coherente y desapasionadamente podrá analizar las alternativas para solventar sus peores tiempos. Por más penosos que estos sean. Contrariamente, cualquier población desinformada y/o manipulada al estilo Goebbles, Kafka, Al Capone –como hace la llamada “gran prensa peruana”- acabará confundida, desprevenida y finalmente enfrentada entre aquellos “buenos y malos” que atizan los medios de prensa serviles al régimen de turno, consecuentemente incapacitada para unificarse ante la adversidad para superar las desgracias.

En esta seria coyuntura –pandemia desbocada más grave recesión económica, ambas fruto de un régimen delincuencialmente mediocre- encaramos la crisis socioeconómica más grave de la nuestra historia. Pero desinformados y polarizados como continuamos por la prensa canalla vendida a Vizcarra y su progresía-marxista, estamos obligados a solventar la encrucijada. Pero seamos claros. Para remontarla, esta vez habremos de sudar sangre. ¡Recuérdenlo bien antes de votar el 2021!